El creador y la herramienta: música, inteligencia artificial y la pregunta que realmente importa
por Henrik Hernandezpublicado en
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Por Henrik Hernandez
Introducción
La inteligencia artificial obliga a reconsiderar qué entendemos por creación. La cuestión no es solamente si una máquina intervino, sino qué aportó el ser humano a la existencia de la obra.
El 30 de septiembre de 2026, Granma publicó el artículo «Música, Inteligencia Artificial y otros retos», de Oni Acosta Llerena. El texto aborda una polémica que crece dentro y fuera de Cuba: el empleo de inteligencia artificial en la creación musical.
El artículo formula preguntas legítimas: ¿hasta dónde llega el artista y hasta dónde el programa?, ¿existe creatividad cuando intervienen algoritmos?, ¿qué sucede con la ética y los derechos de autor?
También sostiene que, al final, «el público dirá la última palabra».
Pero posiblemente el asunto sea bastante más complejo.
El público tendrá una función importante, naturalmente. Sin oyentes difícilmente habrá una industria musical. Sin embargo, antes de que una canción llegue al público ya han intervenido quienes financian, producen, distribuyen, promocionan y controlan las plataformas a través de las cuales esa música será encontrada.
Por eso existe otra pregunta menos romántica, pero quizás igualmente decisiva:
¿Dónde estarán las ganancias?
Y antes de responderla debemos enfrentarnos a otra todavía más profunda:
¿Qué significa realmente crear?
Del serrucho a la sierra eléctrica
Un carpintero utiliza un serrucho. Después aparece la sierra eléctrica.
La nueva herramienta corta más rápidamente, reduce considerablemente el esfuerzo físico y multiplica la capacidad productiva del trabajador.
¿Dejó por ello de existir el carpintero?
No.
Sigue siendo él quien decide qué quiere construir, escoge la madera, establece las medidas, determina dónde realizar el corte y valora finalmente si el resultado corresponde a su propósito.
El serrucho manual no elimina al carpintero, y tampoco lo hace la sierra eléctrica: ambas amplían su capacidad de transformar la madera, aunque una multiplique enormemente su fuerza y velocidad.
La historia humana está llena de procesos semejantes.
Construimos herramientas porque nuestros brazos, nuestros sentidos, nuestra memoria y nuestra capacidad de cálculo tienen límites.
El telescopio amplió nuestra visión.
La escritura permitió externalizar la memoria.
La calculadora multiplicó nuestra capacidad de cálculo.
La computadora aceleró extraordinariamente el procesamiento de información.
La inteligencia artificial introduce ahora herramientas capaces de intervenir en determinadas actividades que hasta hace poco considerábamos exclusivamente intelectuales o creativas.
Pero aquí debemos reconocer una diferencia fundamental.
Una IA musical no es simplemente una sierra eléctrica
La analogía del carpintero sirve para comprender una continuidad histórica, pero tiene límites.
Una sierra eléctrica realiza fundamentalmente el corte que el carpintero le ordena.
Una inteligencia artificial generativa puede hacer mucho más.
Puede proponer melodías, armonías, ritmos, voces, instrumentaciones y estructuras que el usuario no ha especificado nota por nota.
Por tanto, no podemos resolver la discusión diciendo simplemente:
«La IA es una herramienta como cualquier otra».
Es una herramienta, sí, pero una herramienta con una capacidad de intervención diferente.
Precisamente por ello necesitamos una pregunta más rigurosa.
No: ¿Utilizó inteligencia artificial?
Sino: ¿Qué aportó esa persona a la existencia de esta obra?
Ahí, posiblemente, se encuentra el verdadero centro del debate.
No toda intervención humana es igual
Imaginemos diferentes situaciones.
Una persona escribe:
«Hazme una canción romántica».
El sistema genera una canción completa y esa persona simplemente la acepta.
En otro caso, alguien escribe la letra, define el mensaje, establece la estructura, describe el ambiente musical que busca, genera varias versiones, escucha, compara, rechaza, modifica instrucciones, reorganiza fragmentos y continúa trabajando hasta obtener determinado resultado.
En ambos casos se utilizó inteligencia artificial. Pero evidentemente la participación humana no fue la misma.
Podemos imaginar al menos tres grandes niveles.
Delegación
La persona proporciona una indicación general y acepta prácticamente el resultado producido por el sistema.
Aquí la mayor parte de las decisiones expresivas han sido delegadas.
Asistencia
La persona crea elementos sustanciales de la obra y utiliza la IA para resolver determinadas tareas: acompañamiento, instrumentación, producción, transformación vocal, mezcla, propuestas alternativas u otras funciones.
Aquí la herramienta amplía una creación humana que ya contiene elementos definidos.
Dirección creativa
Existe también una zona más difícil de clasificar.
Una persona puede no saber escribir música técnicamente, pero desarrollar el concepto, escribir la letra, establecer el sentido emocional, decidir estructura, solicitar variaciones sucesivas, escoger unas propuestas, rechazar otras y conducir el proceso hacia un resultado determinado.
No compuso necesariamente cada acorde.
Pero tampoco permaneció fuera del proceso.
Aquí aparece una figura que probablemente veremos cada vez con mayor frecuencia: el creador asistido por inteligencia artificial.
¿Es suficiente escoger?
Hay que reconocer otra objeción importante.
Una persona puede contratar a un compositor y decirle:
«Quiero una canción sobre mi infancia. Debe ser nostálgica, comenzar suavemente y terminar con fuerza».
Después puede escuchar tres versiones, pedir cambios y escoger una.
Su intervención fue importante para que aquella canción existiera.
Sin embargo, eso no significa necesariamente que haya compuesto la música.
Por tanto, intención, selección y dirección no convierten automáticamente a una persona en autora de todos los elementos de una obra.
Este punto es esencial.
La pregunta «¿qué aportó esa persona?» no pretende borrar las diferencias entre compositor, intérprete, productor, director artístico y usuario de una herramienta generativa.
Pretende justamente identificarlas.
La Oficina de Copyright de Estados Unidos llegó en 2025 a una conclusión interesante en este sentido: utilizar inteligencia artificial como herramienta auxiliar no impide que una obra contenga autoría humana protegible, pero la mera introducción de instrucciones o prompts no convierte automáticamente al usuario en autor de todos los elementos generados. La evaluación depende de la naturaleza y extensión de la aportación humana.
No se trata entonces de contar cuántas veces una persona pulsó un botón.
Tampoco de medir cuánto tiempo dedicó al proceso.
La pregunta más importante es:
¿Qué decisiones expresivas controló realmente?
¿Quién puede ser creador?
Aquí aparece otro problema.
A veces el debate parece dar por supuesto que creador es únicamente quien domina formalmente armonía, contrapunto, composición, instrumentación o interpretación.
Pero la formación profesional y la capacidad creadora no son exactamente la misma cosa.
Una persona puede tener conocimientos musicales limitados y, sin embargo, poseer sensibilidad estética, memoria musical, imaginación, una historia que quiere contar y capacidad para reconocer aquello que corresponde —o no— a su intención.
Eso no la convierte automáticamente en compositora profesional.
La formación musical representa conocimientos acumulados, capacidad técnica y posibilidades expresivas que poseen un enorme valor.
Pero durante siglos ha existido también creación fuera de las academias.
La diferencia actual es que la inteligencia artificial puede reducir drásticamente la distancia entre imaginar una obra y poseer los medios técnicos para materializarla.
Antes alguien podía tener una canción en la cabeza y carecer de conocimientos para escribirla, de músicos para interpretarla y de dinero para producirla.
Ahora puede explorar posibilidades que anteriormente estaban fuera de su alcance.
Ahí existe un potencial democratizador que no debería ignorarse.
La música ya convivía con máquinas
Además, la relación entre tecnología y creación musical no comenzó con la inteligencia artificial.
La guitarra eléctrica, los sintetizadores, las cajas de ritmos, los secuenciadores, MIDI, los samplers, los programas de edición, la corrección digital de afinación, Auto-Tune, los vocoders y los moduladores de voz modificaron profundamente la producción musical.
Un cantante puede utilizar tecnologías que transforman considerablemente su voz y continuamos reconociendo una interpretación.
Un productor puede intervenir decisivamente en el resultado de una canción sin ejecutar personalmente todos sus instrumentos.
Un director de orquesta tampoco toca cada instrumento que escuchamos.
La creación cultural ha sido históricamente un sistema de especialización, cooperación y herramientas.
La IA lleva este proceso más lejos porque comienza a realizar operaciones que antes correspondían directamente a compositores, intérpretes, arreglistas o productores.
Ahí está precisamente la razón por la cual la discusión merece mayor precisión y no menos.
De la discusión estética a la batalla de legitimidades
Una parte del debate público parece haberse desplazado hacia una confrontación entre dos caricaturas.
Por una parte: «Quien utiliza IA no es artista».
Por otra: «Quien cuestiona la IA es enemigo del progreso».
Ninguna de las dos afirmaciones ayuda demasiado.
Existen artistas que critican de buena fe determinadas aplicaciones de la inteligencia artificial.
Les preocupa el empleo.
Les preocupa el entrenamiento de modelos utilizando obras existentes.
Les preocupa la remuneración.
Les preocupa que determinadas empresas puedan reproducir características de voces, estilos o producciones sin compensar adecuadamente a quienes contribuyeron a crear ese patrimonio.
Son preocupaciones legítimas.
La Organización Mundial de la Propiedad Intelectual ha señalado precisamente las dificultades relacionadas con conocer qué obras fueron utilizadas durante el entrenamiento de modelos musicales y cómo podrían remunerarse los artistas cuyos trabajos contribuyeron a esos sistemas.
Pero también existen personas que utilizan inteligencia artificial de buena fe para experimentar, aprender, producir obras con recursos limitados o expresar ideas para las que anteriormente carecían de medios técnicos.
Convertir al primer grupo en «retrógrados» y al segundo en «impostores» sustituye el análisis por etiquetas.
Y mientras unos y otros discuten sobre quién merece llamarse artista, puede estar desarrollándose una transformación mucho mayor.
La batalla económica
Una empresa que pueda producir determinados contenidos más rápidamente y con menor costo tendrá razones económicas para hacerlo.
Si además puede conservar una proporción mayor de los derechos o reducir pagos a compositores, músicos, intérpretes o productores, el incentivo será todavía mayor.
Aquí aparece una dimensión que no debe confundirse con la discusión artística.
Una obra puede ser excelente y producir poco dinero.
Otra puede poseer escaso interés artístico y resultar extraordinariamente rentable.
Los criterios del arte y los del capital no son necesariamente idénticos.
Por eso afirmar que «el público tendrá la última palabra» simplifica demasiado el proceso.
El público escoge, sí.
Pero escoge entre aquello que llega hasta él.
Y lo que llega depende también de inversión, promoción, distribución, algoritmos de recomendación, propiedad de catálogos, derechos y plataformas.
Por eso la expansión de la IA musical probablemente estará determinada por una combinación de factores:
aceptación del público, calidad, costos, regulación, derechos, control de la distribución y rentabilidad.
La pregunta económica fundamental será entonces:
¿Quién controla la herramienta y quién se apropia del valor que produce?
¿Democratización o concentración?
Aquí aparece una paradoja.
La misma tecnología puede democratizar la creación y concentrar simultáneamente el poder económico.
Puede permitir que una persona con pocos recursos produzca algo que antes hubiera necesitado miles de euros para realizar.
Pero también puede permitir que enormes empresas produzcan cantidades gigantescas de contenido con menos trabajadores.
Puede ampliar la capacidad de un compositor.
Pero puede utilizarse también para sustituir determinados trabajos.
Puede ayudar a conservar una voz.
Pero también puede facilitar su imitación.
La herramienta no resuelve por sí misma qué relación social se construirá alrededor de ella.
Por eso la pregunta no debería ser simplemente: ¿IA sí o IA no?
Sino: ¿qué IA, utilizada por quién, controlada por quién, para hacer qué y en beneficio de quién?
La vieja historia de las herramientas entra en un territorio nuevo
El ser humano se ha desarrollado creando instrumentos que amplían sus capacidades.
Pero la inteligencia artificial introduce una particularidad: la herramienta ya no amplía solamente fuerza, velocidad, memoria o cálculo.
Puede participar también en la producción de expresiones.
Eso obliga a abandonar respuestas demasiado sencillas.
No toda música generada mediante IA convierte automáticamente a quien introduce una instrucción en compositor.
Pero tampoco toda utilización de IA elimina automáticamente la creación humana.
Entre ambos extremos existe un territorio enorme.
Y para comprenderlo quizá necesitemos repetir una pregunta ante cada obra:
¿Qué aportó esa persona a la existencia de esto que estamos escuchando?
¿La idea?
¿La letra?
¿La estructura?
¿La melodía?
¿La transformación?
¿La selección?
¿La dirección?
¿La interpretación?
¿La decisión final?
Solo después podremos discutir con mayor precisión quién creó qué.
La llegada de la inteligencia artificial no invalida el conocimiento del compositor profesional, del músico, del intérprete ni del productor.
Por el contrario, puede hacer todavía más visible cuánto aporta cada uno.
Pero también permite que personas que hasta ahora poseían ideas sin medios suficientes para materializarlas encuentren nuevas formas de expresión.
Quizá ese sea uno de los cambios culturales más interesantes de nuestro tiempo.
No estamos simplemente ante una máquina que «hace canciones».
Estamos ante una tecnología que nos obliga a formular nuevamente una pregunta antiquísima: ¿qué significa crear?
Y probablemente la respuesta no se encuentre ni en la máquina ni en el título académico, sino en la contribución humana concreta que hizo posible que una determinada obra —y no cualquier otra— llegara a existir.
Glosario de términos clave:
Autoría:
Relación entre una persona y los elementos expresivos que ha creado dentro de una obra. Su definición jurídica depende de la legislación aplicable.
Auto-Tune:
Tecnología originalmente desarrollada para corregir afinación vocal que también se utiliza como recurso expresivo.
Creador asistido por IA:
Persona que emplea inteligencia artificial dentro de un proceso creativo al que aporta elementos humanos sustanciales de concepción, elaboración, transformación o dirección.
Delegación creativa:
Situación en la que una parte significativa de las decisiones expresivas es transferida a otra persona o a un sistema.
Dirección creativa:
Proceso mediante el cual una persona establece objetivos estéticos, selecciona posibilidades y orienta sucesivas transformaciones de una obra.
Inteligencia artificial generativa:
Sistemas capaces de producir contenido nuevo —texto, imágenes, sonido, música, video u otras formas— a partir de modelos entrenados con grandes cantidades de información.
Prompt:
Instrucción proporcionada a un sistema de inteligencia artificial para orientar un resultado.
Vocoder:
Sistema de procesamiento que analiza y modifica determinadas características de una señal sonora, particularmente de la voz.
Fuentes:
Acosta Llerena, O. (2026, 30 de septiembre). Música, Inteligencia Artificial y otros retos. Granma. https://www.granma.cu/Musicando/2026-09-30/musica-inteligencia-artificial-y-otros-retos-30-09-2026-18-09-27
Herremans, D. (2025, 6 de mayo). Royalties in the age of AI: Paying artists for AI-generated songs. WIPO Magazine. World Intellectual Property Organization. https://www.wipo.int/en/web/wipo-magazine/articles/royalties-in-the-age-of-ai-paying-artists-for-ai-generated-songs-73739
U.S. Copyright Office. (2025). Copyright and Artificial Intelligence, Part 2: Copyrightability. Washington, D.C.: U.S. Copyright Office. https://www.copyright.gov/ai/Copyright-and-Artificial-Intelligence-Part-2-Copyrightability-Report.pd
Sobre el autor
Henrik Hernandez es licenciado en Ciencias Pedagógicas y cuenta con formación en Promoción y Ventas Internacionales y como auxiliar de enfermería especializado en psiquiatría. Es investigador independiente, editor y fundador de Tocororo Cubano.
Sus líneas de trabajo abarcan el análisis histórico, político, económico y social, la geopolítica, la soberanía nacional y el estudio interdisciplinario de sistemas y relaciones de poder. En su trabajo utiliza herramientas de inteligencia artificial como apoyo para la investigación, organización, contraste y elaboración de contenidos, manteniendo bajo su responsabilidad la selección de las fuentes, el análisis y la revisión final.
Sobre el medio
Tocororo Cubano es una revista digital multidisciplinaria dedicada al análisis de la historia, la geopolítica, la cultura, la ciencia y la sociedad desde una perspectiva crítica, investigativa y fundamentada.
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