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Venezuela tras la intervención: silencio, congelación y reconfiguración del poder

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Imagen generada por la AI Sofia (ChatGPT).

Introducción

La política internacional no siempre se explica por grandes declaraciones. A menudo, los silencios dicen más que los discursos, y los gestos pesan más que los comunicados oficiales. Tras los sucesos recientes en Venezuela, una serie de conductas —la ausencia de duelo político, la normalización acelerada del contacto con Washington y el tono pragmático de la nueva dirección— sugieren que el cambio no fue una ruptura traumática, sino una reconfiguración del poder ya asumida por sectores internos, bajo un nuevo marco de hegemonía externa.

La pregunta central no es quién gobierna hoy Venezuela, sino bajo qué condiciones reales se ejerce ese poder.

El silencio como hecho político

La captura del anterior presidente y el abrupto cambio de escenario no fueron acompañados por una narrativa nacional de agravio ni por una reacción institucional de defensa de la soberanía. No hubo duelo simbólico ni reproche explícito. En política, esa omisión no es neutral: es una señal de aceptación del nuevo orden.

Más aún, la recepción cordial del director de la CIA por parte de la nueva dirección venezolana —sin incomodidad visible, sin distancia protocolar— no puede leerse como un gesto anecdótico. En contextos de intervención, la cordialidad temprana suele indicar coordinación previa o, como mínimo, predisposición estructural a operar dentro del marco impuesto.

No se trata de hablar de “agentes” ni de conspiraciones clásicas, sino de élites adaptativas: actores que, ante la percepción de un ciclo agotado, optan por reacomodarse para preservar cuotas de poder y gobernabilidad.

De la congelación a la fricción: una trayectoria previsible

La conducta inicial de la nueva dirección venezolana apunta a una fase de congelación: suspensión del conflicto abierto, priorización de la estabilidad interna y normalización táctica con Washington. Esta etapa busca tiempo, recursos y legitimidad mínima.

Sin embargo, esta congelación no es un estado permanente. La experiencia histórica muestra una secuencia frecuente en escenarios de dependencia inducida:

Acomodación inicial para consolidar el control interno.

Dependencia negociada, donde la autonomía queda condicionada por la necesidad de apoyo externo.

Fricción progresiva cuando los costos políticos, sociales o simbólicos de la subordinación se acumulan.

Eventual agresividad controlada (retórica o política) si el liderazgo intenta recuperar margen de maniobra o responder a presiones internas.

Venezuela parece hoy instalada en el primer tramo de esa secuencia. La agresividad no es inmediata porque la correlación de fuerzas no la permite; pero tampoco es descartable en el mediano plazo si la dependencia se vuelve políticamente insostenible.

El contraste cubano: hablar del pueblo, no del poder

En este contexto, la reacción de Cuba resulta reveladora. La Habana centró su discurso en el pueblo venezolano, no en la nueva dirección política. Evitó el reconocimiento explícito, el dramatismo y la teatralización. Esa sobriedad no es pasividad: es lectura estratégica.

Cuba comprende que el cambio en Venezuela no fue soberano ni popular, sino administrado bajo presión externa con colaboración interna. Por ello, evita legitimar una autoridad nacida de ese proceso, sin romper puentes ni escalar el conflicto.

Esta postura preserva un principio histórico de la política exterior cubana: no validar cambios de poder producidos por intervención, aun cuando el margen de acción sea limitado.

¿Qué significa esto para Cuba?

La transformación del vínculo con Venezuela golpea directamente la seguridad energética, económica y geopolítica de Cuba. La alianza histórica con Caracas funcionó durante años como amortiguador frente a presiones externas. Su debilitamiento obliga a La Habana a redefinir prioridades:

Diversificar fuentes de energía y cooperación, reduciendo la dependencia de un solo socio.

Desideologizar parcialmente los vínculos bilaterales, priorizando acuerdos técnicos y funcionales.

Reforzar marcos multilaterales para evitar el aislamiento y diluir presiones directas.

Cuba no está en condiciones de sostener una confrontación frontal prolongada, pero tampoco de aceptar pasivamente la consolidación de un orden regional abiertamente subordinado. Su estrategia probable será resistir sin escalar, ganar tiempo y ampliar márgenes.

Reestructuración Cuba–Venezuela: del eje político a la relación funcional

La relación bilateral difícilmente desaparecerá, pero ya no será el eje ideológico que fue. Es previsible una transición hacia un vínculo:

Más pragmático que político, centrado en intereses concretos.

Menos visible y menos simbólico, para no provocar fricciones innecesarias.

Condicionado por la tutela estadounidense, lo que limitará su alcance.

Para Cuba, el desafío no es preservar una alianza del pasado, sino adaptarse a un entorno hostil sin perder coherencia estratégica.

Conclusión: una transición sin soberanía plena

Venezuela no ha sido liberada ni plenamente derrotada: ha sido reordenada. La congelación inicial no es estabilidad duradera, sino una pausa táctica dentro de una relación asimétrica. Si esa asimetría se profundiza, la fricción será inevitable.

Para Cuba, el mensaje es claro: el mapa regional ha cambiado, y la supervivencia estratégica dependerá menos de alianzas ideológicas y más de capacidad de adaptación, diversificación y lectura fina del poder real.

En América Latina, la historia demuestra que las transiciones tuteladas rara vez producen soberanía. Solo cambian la forma de la dependencia.

Glosario de términos clave:

Congelación política:

Fase inicial posterior a una crisis o intervención en la que un Estado suspende la confrontación abierta, prioriza estabilidad interna y evita definiciones estratégicas explícitas mientras consolida poder.

Cooptación estructural:

Proceso mediante el cual actores internos del poder aceptan operar dentro de un marco de hegemonía externa para preservar gobernabilidad, sin necesidad de subordinación ideológica formal.

Dependencia negociada:

Relación asimétrica en la que un Estado conserva formalmente su soberanía, pero condiciona decisiones estratégicas clave a la aprobación o tolerancia de una potencia dominante.

Disuasión por negación:

Estrategia defensiva que no busca derrotar al adversario, sino impedir que alcance sus objetivos políticos, militares o simbólicos, elevando el costo y reduciendo la probabilidad de éxito.

Elite adaptativa:

Sector dirigente que, ante un cambio brusco del entorno geopolítico, opta por reacomodarse al nuevo orden para garantizar su supervivencia política e institucional.

Fricción estratégica:

Etapa de tensión creciente que emerge cuando los costos internos de una relación de dependencia superan los beneficios percibidos, generando resistencias políticas o narrativas soberanistas.

Hegemonía externa:

Capacidad de un actor internacional para influir decisivamente en la política interior y exterior de otro Estado sin necesidad de ocupación directa permanente.

Legitimidad tutelada:

Forma de reconocimiento político que depende más del aval externo que del consenso popular interno, común en escenarios post-intervención.

Reconfiguración del poder:

Proceso de redistribución de funciones, alianzas y márgenes de decisión dentro de un Estado tras una crisis mayor, sin implicar necesariamente un cambio total de élites.

Soberanía condicionada:

Situación en la que un Estado mantiene atributos formales de independencia, pero ve limitada su autonomía real por presiones económicas, militares o diplomáticas externas.

Fuentes consultadas y recomendadas:

Díaz-Canel Bermúdez, M. (2026). Intervención en el acto de condena a la agresión militar contra la República Bolivariana de Venezuela. Presidencia de la República de Cuba. https://www.presidencia.gob.cu/es/presidencia/intervenciones/intervencion-en-el-acto-de-condena-a-la-agresion-militar-a-la-republica-bolivariana-de-venezuela-y-como-respaldo-a-su-legitimo-presidente-nicolas-maduro-moros-y-la-fusion-popular-militar-y-policial/

Galtung, J. (1969). Violence, peace, and peace research. Journal of Peace Research, 6(3), 167–191. https://doi.org/10.1177/002234336900600301

Kissinger, H. (2014). World order. Penguin Press.

Luttwak, E. N. (2001). Strategy: The logic of war and peace (Rev. ed.). Belknap Press of Harvard University Press.

Mearsheimer, J. J. (2018). The great delusion: Liberal dreams and international realities. Yale University Press.

Pape, R. A. (1996). Bombing to win: Air power and coercion in war. Cornell University Press.

Serra, N., & Stiglitz, J. E. (Eds.). (2008). The Washington Consensus reconsidered: Towards a new global governance. Oxford University Press.

Tilly, C. (1992). Coercion, capital, and European states, AD 990–1992. Blackwell.

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Por Henrik Hernandez - Tocororo Cubano

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