Un punto de vista sobre el XVIII Encuentro de Cubanos Residentes en Europa, París 2026
por Henrik Hernandezpublicado en
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Apuntes y reflexiones
Dos días de encuentros, debates y reflexiones sobre la patria, la independencia, la solidaridad y las posibilidades de colaboración entre los cubanos residentes en Europa.
Ante todo, mi gratitud: el privilegio de encontrarme entre cubanos
Regreso de París con muchas reflexiones, pero, sobre todo, con un profundo sentimiento de gratitud.
Antes de referirme a los debates, las declaraciones y los acuerdos del XVIII Encuentro de Cubanos Residentes en Europa (ECRE), deseo expresar mi reconocimiento a los compatriotas que tuve el privilegio de conocer.
Encontré hombres y mujeres nobles, personas de extraordinaria calidad humana que, independientemente de sus posiciones políticas, manifiestan un profundo amor por nuestra patria, una sensibilidad humanista y una voluntad de defender su independencia y soberanía.
Cada conversación, cada experiencia compartida y cada historia personal me recordaron que la patria no se limita al territorio donde nacimos. También vive en nuestra memoria, en nuestras familias, en la cultura que compartimos y en los vínculos que mantenemos a través de las distancias.
No todos pensamos de igual manera. Tenemos experiencias, opiniones y convicciones diferentes. Pero esa diversidad no impide reconocer aquello que nos une.
La independencia de Cuba no pertenece exclusivamente a una corriente política, a una generación ni a una organización. Constituye un patrimonio histórico de la nación.
Por ello, mi primer pensamiento al recordar París no está dedicado a las diferencias que pudieron existir, sino a la nobleza de quienes encontré y a la satisfacción de comprobar que el amor a la patria continúa siendo un punto de encuentro.
Deseo expresar también mi especial agradecimiento a Danilo y a su familia por la hospitalidad, las atenciones y el cariño que me brindaron durante mi estancia en París. Su generosidad me hizo sentir como en casa, a pesar de encontrarme lejos de mi propio hogar. Porque la solidaridad no se manifiesta únicamente en grandes declaraciones, compromisos o acciones colectivas; también se expresa en los gestos sencillos y cotidianos, en las puertas que se abren, en la mesa que se comparte y en la calidez humana con que se recibe a un compatriota. Son atenciones que permanecen en la memoria y que constituyen, por sí mismas, una hermosa expresión de fraternidad.
París: dos días de debates y reflexión colectiva
Durante dos jornadas, los participantes intercambiamos criterios sobre la situación de Cuba, los desafíos que enfrenta y el papel de los cubanos residentes en Europa.
No pretendo presentar aquí una crónica exhaustiva ni hablar en nombre de todos los participantes. Estas líneas constituyen mis impresiones personales, nacidas de lo que escuché, observé y reflexioné durante el encuentro.
Entre los resultados estuvo la aprobación de una declaración dirigida al ministro de Relaciones Exteriores de la República de Cuba, Bruno Rodríguez Parrilla, en reconocimiento a su labor diplomática y a la defensa de la soberanía nacional en los escenarios internacionales.
Pero París fue más que la aprobación de una declaración.
Entre los participantes percibí una voluntad de resistencia frente a las presiones exteriores y un rechazo a que Cuba pierda su independencia o su capacidad de decidir soberanamente su futuro.
En mi interpretación, esta voluntad no debe confundirse necesariamente con una coincidencia absoluta respecto de todas las decisiones económicas, políticas o sociales adoptadas dentro del país.
Defender la soberanía nacional y compartir una determinada posición ideológica son cuestiones relacionadas, pero no idénticas.
Precisamente ahí encuentro una de las enseñanzas que me dejó París: es posible reconocer diferencias entre compatriotas y, al mismo tiempo, identificar convicciones comunes que merecen ser preservadas.
De la solidaridad declarativa a la coordinación continental
Uno de los acuerdos organizativos más significativos del XVIII ECRE de París fue la creación de una coordinadora a nivel europeo, concebida con una presidencia rotativa.
Personalmente, considero que esta decisión constituye un gran paso de avance, pues abre la posibilidad de transitar de iniciativas frecuentemente dispersas hacia una cooperación más articulada, permanente y participativa.
Durante años, numerosas asociaciones, colectivos y personas han desarrollado actividades solidarias desde diferentes países europeos, aportando tiempo, recursos, conocimientos y esfuerzos personales.
Sin embargo, la existencia de múltiples iniciativas no significa necesariamente que todas conozcan las experiencias, necesidades y capacidades de las demás.
Una coordinadora continental puede contribuir a superar esa dispersión, facilitar el intercambio de información, compartir experiencias, aprovechar mejor los recursos disponibles y favorecer iniciativas conjuntas.
En particular, considero relevante el principio de la presidencia rotativa, porque permite distribuir las responsabilidades de conducción, favorecer la participación de las distintas representaciones nacionales y evitar una concentración permanente de la dirección.
Naturalmente, la rotación de la presidencia deberá acompañarse de mecanismos que aseguren la continuidad del trabajo, la memoria institucional, la transparencia y el respeto a la autonomía de las organizaciones participantes.
No considero necesario multiplicar estructuras administrativas por el simple hecho de crearlas. Las organizaciones adquieren sentido cuando permiten resolver problemas, satisfacer necesidades y conseguir resultados que difícilmente se alcanzarían mediante esfuerzos aislados.
Tampoco debemos confundir la decisión de crear una coordinadora con la consolidación inmediata de su funcionamiento. El acuerdo constituye un punto de partida cuyo desarrollo dependerá del compromiso, la cooperación y la responsabilidad colectiva.
Por eso valoro especialmente lo alcanzado en París: se ha dado un paso organizativo importante hacia una cooperación europea más estructurada, sin que ello deba significar uniformidad de pensamiento ni pérdida de autonomía de las asociaciones participantes.
Cuba ante una confrontación multidimensional: la voluntad como factor estratégico
Una de las reflexiones que considero necesarias después de París se relaciona con la naturaleza de las confrontaciones contemporáneas.
La guerra, entendida en su sentido estratégico más amplio, no puede reducirse exclusivamente al enfrentamiento entre fuerzas armadas.
La economía, las finanzas, las tecnologías, la información, la diplomacia y la psicología social se han convertido en escenarios de presión y competencia entre Estados.
Conviene distinguir, naturalmente, esta concepción amplia de la confrontación de lo que jurídicamente constituye un conflicto armado.
Desde mi punto de vista, Cuba enfrenta una presión multidimensional que busca condicionar sus decisiones políticas y económicas. Las restricciones externas se combinan con dificultades estructurales internas, generando consecuencias que recaen cotidianamente sobre la población.
No podemos ignorar el sufrimiento de las familias, los problemas energéticos, las carencias materiales ni las dificultades para desarrollar proyectos personales y colectivos.
Pero tampoco considero correcto interpretar automáticamente el agotamiento económico como una derrota de la voluntad nacional.
Una población puede sentirse profundamente insatisfecha con sus condiciones de vida y, simultáneamente, rechazar que una potencia extranjera decida el destino de su país.
Esta distinción me parece esencial.
En mi interpretación, uno de los posibles errores de cálculo de la política estadounidense consiste precisamente en suponer que el deterioro material conducirá necesariamente a la aceptación de sus objetivos políticos.
La resistencia nacional, sin embargo, no puede medirse únicamente por la continuidad de las instituciones. También debe examinarse mediante la capacidad de la sociedad para preservar sus vínculos, expresar sus aspiraciones y construir perspectivas de futuro.
La independencia no puede descansar indefinidamente sobre el sacrificio. Necesita también bienestar, participación, confianza y resultados materiales.
Por ello, defender la soberanía nacional y reconocer los problemas que requieren solución no son posiciones incompatibles.
La nación más allá de sus fronteras
Durante el encuentro reafirmé una reflexión que he venido desarrollando: el pueblo de una nación no desaparece de ella cuando cruza sus fronteras.
La emigración conserva vínculos familiares, culturales, históricos y sentimentales con su país de origen, aunque sus integrantes mantengan opiniones políticas diversas.
Esto resulta especialmente importante cuando reflexionamos sobre la defensa de la independencia nacional.
La participación de los cubanos residentes en el exterior y de quienes mantienen vínculos de solidaridad con nuestro pueblo constituye una dimensión importante de las relaciones entre la nación y el mundo.
Las iniciativas humanitarias, culturales, educativas, informativas y diplomáticas pueden contribuir a preservar esos vínculos, promover el conocimiento mutuo y expresar el compromiso con la soberanía nacional.
Y aquí surge una convicción personal que considero particularmente importante: la independencia puede convertirse en un punto de encuentro entre cubanos revolucionarios y cubanos que no se identifican con la Revolución.
No todos tenemos que compartir la misma concepción política, económica o social para reconocer que corresponde a los propios cubanos decidir el futuro de su nación.
Pero considero indispensable establecer una distinción: una cosa es disentir de la Revolución, del socialismo o de las decisiones del Gobierno cubano, y otra muy diferente es alinearse con políticas de potencias extranjeras o con grupos de prácticas mafiosas o cuasimafiosas que promueven medidas destinadas a asfixiar económicamente a nuestro pueblo y agravar sus condiciones de vida.
Desde mi perspectiva, quienes optan por respaldar conscientemente esas políticas se colocan por decisión propia al margen del espacio de coincidencia patriótica que propongo, fundado en la independencia, la soberanía y el rechazo a la imposición extranjera.
No es una exclusión que yo pretenda imponerles, ni supone negarles su identidad nacional o sus derechos. Es una contradicción entre las posiciones que asumen y los principios alrededor de los cuales considero posible construir esa unidad.
La crítica política, incluso la más profunda, no debe confundirse automáticamente con la subordinación a intereses extranjeros. Tampoco puede atribuirse una intención de perjudicar al pueblo a quien simplemente mantiene opiniones diferentes.
Precisamente porque reconozco la pluralidad de nuestra nación, considero necesario distinguir entre el legítimo derecho a disentir y el respaldo consciente a políticas que, en mi valoración, lesionan su soberanía y perjudican a su población.
La nación es más amplia que cualquier organización política. Su fortaleza también depende de su capacidad para reconocer la diversidad de sus integrantes, sin renunciar a los principios de independencia y autodeterminación que constituyen el fundamento de esta reflexión.
De las voluntades a las realizaciones: ideas para la reflexión colectiva
El encuentro de París también me hizo pensar en las posibilidades que se abren cuando personas de diferentes profesiones, experiencias y países encuentran espacios para conocerse y colaborar.
Deseo compartir algunas ideas que podrían contribuir a esa reflexión.
No constituyen acuerdos del ECRE, ni pretenden establecer un plan de trabajo o un calendario de ejecución.
Tampoco significa que debamos emprenderlas todas simultáneamente. Algunas podrían incorporarse a iniciativas existentes; otras requerirían estudios más profundos y determinadas propuestas podrían modificarse o descartarse.
Una fundación europea de cooperación y solidaridad. Estudiar la constitución de una entidad con sede, por ejemplo, en Suiza, capaz de reunir y administrar aportaciones financieras destinadas a proyectos sociales y humanitarios. Su funcionamiento debería garantizar transparencia, capacidad de decisión, auditoría y mecanismos de supervisión de las asociaciones participantes. Su viabilidad jurídica y financiera requeriría un análisis especializado.
Una red europea de colaboración y apoyo mutuo. Durante el encuentro conocí a una participante que es escritora y a otra vinculada al mundo editorial. Pensé entonces cuánto podríamos conseguir si lográramos complementar nuestras capacidades y necesidades. Escritores, editores, traductores, profesores, profesionales sanitarios, técnicos, artistas y trabajadores de numerosos oficios podrían colaborar y beneficiarse mutuamente.
Un banco de conocimientos, profesiones y oficios. Crear un espacio voluntario donde compartir experiencias, ofrecer asesoramiento, impartir cursos y establecer colaboraciones profesionales. El conocimiento acumulado por nuestra comunidad constituye un patrimonio valioso que merece aprovecharse.
Una red editorial, artística y cultural. Facilitar el contacto entre escritores, editoriales, músicos, traductores, productores y creadores culturales, favoreciendo publicaciones, traducciones, exposiciones, conciertos y proyectos compartidos. La cultura puede convertirse en un espacio privilegiado de cooperación.
La participación de las nuevas generaciones. Promover espacios educativos y culturales para hijos, nietos y jóvenes descendientes de emigrados, respetando su libertad de pensamiento y sus identidades personales. La transmisión de la memoria familiar y cultural puede enriquecerse mediante intercambios y actividades voluntarias.
Estas iniciativas podrían complementarse con otras tareas dentro de proyectos existentes, sin necesidad de crear una estructura independiente para cada actividad.
Lo fundamental no sería multiplicar organizaciones, sino identificar necesidades, capacidades y oportunidades reales de colaboración.
Premio Tocororo Cubano – Solidaridad: reconocer el valor de quienes ayudan
Hay un asunto que, lamentablemente, olvidé mencionar durante el encuentro de París.
Me refiero al Premio Tocororo Cubano – Solidaridad, una distinción instituida por la Revista Digital Multidisciplinaria Tocororo Cubano.
Deseo precisar que no estamos hablando de una idea pendiente de realización. El premio ya existe y se otorga en la práctica, reconociendo contribuciones a la solidaridad, la cooperación humanitaria, el intercambio cultural y la amistad entre los pueblos.
Su finalidad es reconocer y preservar la memoria de personas y organizaciones que han convertido la solidaridad en una expresión concreta de compromiso humano.
Considero que sería interesante darlo a conocer entre las asociaciones y colectivos participantes en el ECRE, y explorar posibles formas de colaboración para identificar y nominar a personas u organizaciones merecedoras de esta distinción.
Naturalmente, ello no modificaría la identidad, autonomía ni los procedimientos propios del premio.
Mi experiencia en París reafirmó el sentido de esta iniciativa. Conocí personas cuya sensibilidad, nobleza y trayectoria solidaria merecen respeto y reconocimiento.
La solidaridad debe practicarse, pero también merece ser reconocida, documentada y transmitida como ejemplo a las nuevas generaciones.
Colofón: la patria como punto de encuentro
He regresado de París con nuevas amistades, reflexiones y preguntas que merecen seguir madurando.
No considero que un encuentro de dos días pueda resolver por sí mismo las dificultades que enfrentan nuestras comunidades, ni transformar inmediatamente la realidad que nos preocupa.
Pero sí puede permitirnos conocernos mejor, escuchar experiencias diferentes, descubrir capacidades compartidas y encontrar posibilidades de colaboración que antes desconocíamos.
Para mí, ese es uno de sus valores más importantes.
No todos los cubanos pensamos igual, ni tenemos por qué hacerlo. Nuestras diferencias forman parte de una historia compleja, marcada por experiencias, convicciones y circunstancias personales muy diversas.
Pero hay un principio alrededor del cual podemos dialogar: el derecho de nuestra nación a decidir soberanamente su destino.
Termino como comencé, expresando mi agradecimiento a cuantos tuve el privilegio de conocer en París.
Me llevo sus rostros, sus palabras y sus experiencias, pero, sobre todo, la satisfacción de haber compartido con personas de profunda sensibilidad humana.
Ojalá sepamos transformar muchos de esos encuentros en amistades duraderas, proyectos compartidos y obras concretas.
Porque la patria también se construye así: reconociéndonos, respetándonos y descubriendo cuánto podemos hacer juntos.
Henrik Hernández
Revista Digital Multidisciplinaria Tocororo Cubano
Octubre de 2026
Sobre el autor
Henrik Hernandez es licenciado en Ciencias Pedagógicas y cuenta con formación en Promoción y Ventas Internacionales y como auxiliar de enfermería especializado en psiquiatría. Es investigador independiente, editor y fundador de Tocororo Cubano.
Sus líneas de trabajo abarcan el análisis histórico, político, económico y social, la geopolítica, la soberanía nacional y el estudio interdisciplinario de sistemas y relaciones de poder. En su trabajo utiliza herramientas de inteligencia artificial como apoyo para la investigación, organización, contraste y elaboración de contenidos, manteniendo bajo su responsabilidad la selección de las fuentes, el análisis y la revisión final.
Sobre el medio
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