Historia

Entre lo visto y lo contado

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Cómo interpretar testimonios extraordinarios de hace 500 años

Percepción, contexto e inferencia en las primeras crónicas de América

Las primeras crónicas de América están llenas de episodios desconcertantes. Navegantes que describen tierras que creen asiáticas, hombres vestidos de maneras inesperadas, poblaciones calificadas como «blancas», mujeres guerreras identificadas con las amazonas clásicas, noticias sobre reyes desconocidos y relatos transmitidos de una comunidad a otra.

Ante esas narraciones suelen aparecer dos reacciones opuestas. La primera consiste en aceptarlas literalmente: si el cronista escribió que vio determinado fenómeno, entonces aquello ocurrió exactamente como fue descrito. La segunda hace lo contrario: si el episodio parece extraño desde nuestra perspectiva contemporánea, se considera fantasía, exageración o mentira.

Ambas posiciones son insuficientes.

Un testimonio de hace más de quinientos años no es una fotografía del pasado, pero tampoco deja de ser evidencia simplemente porque resulte difícil de explicar. El problema consiste en reconstruir qué pudo haber ocurrido teniendo en cuenta no solamente el acontecimiento, sino también al observador, sus condiciones físicas, sus conocimientos, su cultura, sus expectativas y la cadena mediante la cual aquella experiencia terminó convertida en documento.

Proponemos aquí un método que podemos llamar reconstrucción contextual estratificada.

Su punto de partida puede resumirse mediante una cadena: acontecimiento → percepción → interpretación → memoria → relato → documento → lectura moderna.

El error, la transformación o la ampliación de significado pueden aparecer en cualquiera de esos niveles.

El testimonio histórico no es el acontecimiento

Una fuente testimonial nos informa, ante todo, de lo que una persona afirmó haber visto, oído o comprendido.

Esta distinción parece elemental, pero cambia completamente el análisis histórico.

La crítica moderna de fuentes precisamente surgió de la necesidad de estudiar la fidelidad de las cadenas mediante las cuales la información del pasado llega al historiador. El testimonio continúa siendo indispensable, pero debe compararse con el contexto, otras fuentes y, cuando existen, evidencias materiales independientes.

Por ello debemos distinguir: «ocurrió X» de «el testigo afirmó haber percibido X».

Entre ambas proposiciones existe una distancia que el historiador debe investigar.

Esto no significa desconfiar automáticamente del testigo.

Significa preguntarse: ¿qué vio realmente?, ¿en qué condiciones lo vio?, ¿cómo lo clasificó?, ¿cuándo lo contó?, ¿quién escribió finalmente la historia?

Cuba, 1494: el hombre de la túnica blanca

Un ejemplo extraordinario aparece durante el segundo viaje de Cristóbal Colón.

Bartolomé de las Casas relata que el 3 de junio de 1494, mientras la expedición navegaba por Cuba y necesitaba agua, un marinero salió con una ballesta para cazar.

Según el relato, encontró aproximadamente treinta hombres armados.

El marinero afirmó haber visto entre ellos a «un indio con una túnica blanca» que le cubría hasta los pies. Asustado al encontrarse solo frente al grupo, gritó y huyó hacia sus compañeros. Al día siguiente Colón envió hombres para intentar localizarlos nuevamente, pero la vegetación, los pantanos y las condiciones del terreno impidieron que los encontraran. Las Casas no identifica a aquel hombre como europeo, asiático ni miembro de una población extranjera: lo denomina explícitamente «un indio». (Historia de las Indias, tomo II, cap. XCV).

El episodio es históricamente interesante precisamente porque queda sin explicación definitiva.

¿Qué significa realmente que llevaba una «túnica»?

¿Era una prenda indígena larga de algodón?

¿Una vestimenta ceremonial?

¿Un distintivo de rango?

¿Una tradición regional poco conocida?

¿El marinero vio correctamente la prenda pero la clasificó utilizando una categoría europea?

¿Pudo haber intervenido algún error perceptivo?

Otras posibilidades más extraordinarias pueden plantearse, pero ninguna puede demostrarse únicamente mediante ese testimonio.

«Túnica» ya es una interpretación

Este detalle es fundamental.

El marinero no podía registrar visualmente una categoría cultural indígena cuyo significado desconocía. Vio probablemente un cuerpo cubierto por determinado material de determinada forma. La palabra túnica pertenece al sistema conceptual europeo.

Por tanto: estímulo visual → reconocimiento de forma → categoría cultural conocida → “túnica”.

Lo mismo ocurre con muchas palabras de las crónicas: rey, templo, provincia, sacerdote, ídolo, ejército, señor, palacio.

A veces pueden describir razonablemente una realidad americana.

Pero también pueden constituir traducciones culturales aproximadas: una realidad desconocida es introducida dentro de una categoría que el observador ya conoce.

No significa que el objeto no existiera.

Significa que el nombre con que llegó hasta nosotros ya contiene una primera interpretación.

Ver tampoco es una actividad completamente neutral

La psicología contemporánea de la percepción ayuda a entender el problema. La visión no funciona como una cámara que reproduce pasivamente el exterior. Cuando un estímulo es incompleto, lejano, parcialmente oculto o ambiguo, el cerebro utiliza experiencia previa, expectativas, conocimientos y estado emocional para construir la interpretación más probable.

Los estudios sobre percepción ambigua muestran precisamente que creencias, objetivos, conocimientos previos y estados transitorios del observador pueden inclinar la percepción hacia una interpretación determinada.

Esto permite extender el concepto que hemos denominado en otros análisis inferencia proyectiva.

No solamente puede ocurrir con las palabras: mensaje incompleto → significado inferido.

También puede operar visualmente: estímulo incompleto → objeto inferido.

Si un europeo del siglo XV veía entre la vegetación una figura humana parcialmente cubierta por tela clara, podía clasificarla inmediatamente utilizando aquello que conocía.

No necesariamente inventaba.

Interpretaba.

Miedo, cansancio y un mundo sensorial desconocido

Además, los europeos que exploraban América no observaban desde condiciones experimentales controladas.

Viajaban durante semanas o meses. Sufrían tormentas, vigilancia nocturna, navegación peligrosa, enfermedades, carencia de alimentos, cambios extremos de dieta y exposición a ambientes completamente desconocidos.

El propio Las Casas describe durante aquella exploración de Cuba «grandes trabajos y angustias», continuas vigilias, bajos, tormentas y situaciones en las que los hombres temían perder los navíos. Más adelante relata nuevamente temor, falta de bastimentos y enorme tensión entre los expedicionarios.

Eso no permite afirmar que el marinero de la túnica blanca estuviera delirando.

Pero sí obliga a considerar el estado potencial del observador.

Hoy sabemos que una privación intensa del sueño puede provocar progresivamente distorsiones visuales, ilusiones y, en circunstancias más extremas, verdaderas alucinaciones. Una revisión sistemática de estudios de privación prolongada encontró alteraciones perceptivas en casi todos los estudios analizados, con predominio de fenómenos visuales.

También sabemos que calor intenso y deshidratación pueden provocar irritabilidad, confusión y conducta irracional; en cuadros graves pueden producir alteraciones importantes del estado mental.

Pero aquí aparece una regla metodológica esencial: posibilidad fisiológica no equivale a diagnóstico histórico.

Podemos afirmar: la fatiga puede favorecer errores perceptivos.

No podemos afirmar: aquel marinero estaba alucinando.

No poseemos evidencia clínica suficiente para hacerlo.

Ilusión no es lo mismo que alucinación

Conviene distinguir además dos conceptos. Una alucinación consiste en percibir algo para lo cual no existe un estímulo externo correspondiente. Una ilusión perceptiva surge cuando sí existe un estímulo real, pero es identificado o interpretado incorrectamente.

Por ejemplo: persona parcialmente visible es correctamente percibida como persona, pero vestimenta mal interpretada. U objeto blanco entre árboles sea interpretado momentáneamente como figura humana.

Estas posibilidades requieren mucho menos que imaginar una alucinación completa.

Los estudios contemporáneos sobre privación del sueño muestran precisamente una progresión desde distorsiones e ilusiones hasta fenómenos alucinatorios más complejos cuando aumenta el tiempo despierto.

Por eso, ante una fuente antigua, el error perceptivo ordinario debe analizarse antes que una explicación psicopatológica extraordinaria.

El ambiente también modifica lo que creemos ver

Existe otra variable difícil de reconstruir quinientos años después: la familiaridad con el ambiente.

Una selva tropical húmeda ofrecía al europeo del siglo XV un conjunto de estímulos visuales desconocidos: intensos contrastes entre luz y sombra, vegetación superpuesta, grandes niveles de humedad, movimientos constantes de hojas y ramas, animales nunca observados, sonidos sin referentes familiares, dificultades para estimar distancias, visibilidad parcialmente bloqueada.

Cuando conocemos bien un ambiente, poseemos miles de experiencias previas que permiten interpretar rápidamente esos estímulos.

El recién llegado no dispone de ellas.

Por eso un ambiente desconocido puede aumentar la dependencia de las categorías previamente disponibles en la mente del observador.

Y ahí aparece nuevamente la inferencia proyectiva.

El miedo favorece determinadas interpretaciones

Un ballestero solo dentro de una selva desconocida no observaba igual que una persona tranquila contemplando la escena desde una posición segura.

La hipervigilancia tiene una función adaptativa: ante incertidumbre, puede resultar más seguro interpretar un estímulo ambiguo como amenaza que ignorar una amenaza verdadera.

Por eso: movimiento ambiguo más miedo, aislamiento e identificación rápida de posible presencia humana o peligro.

No significa necesariamente enfermedad mental. Puede ser una respuesta normal de supervivencia.

El propio episodio cubano contiene esa variable: el marinero aparece inesperadamente ante un grupo numeroso, se encuentra solo y huye inmediatamente.

Esto limita además la calidad potencial de la observación. No estamos ante alguien que permaneció durante una hora examinando tranquilamente la vestimenta. Estamos ante una experiencia breve desarrollada bajo alarma.

Después de ver viene recordar

Incluso suponiendo una percepción perfectamente normal, todavía falta otra etapa: la memoria.

La memoria humana no conserva una reproducción exacta de cada experiencia. Reconstruye.

El individuo recuerda los elementos más significativos y los organiza dentro de una narración comprensible. Así, una experiencia visual breve puede transformarse gradualmente: «algo blanco que le cubría el cuerpo» en «una túnica blanca hasta los pies».

No afirmamos que eso ocurriera en Cuba. Señalamos simplemente que entre acontecimiento y documento existieron procesos cognitivos inevitables.

Y después de recordar viene contar

El marinero tuvo que regresar y narrar lo sucedido. Quienes lo escucharon hicieron preguntas. Quizá pidieron detalles. Él respondió utilizando palabras comprensibles para ellos. Después alguien transmitió la historia. Finalmente terminó incorporada a una crónica.

Tenemos entonces otra cadena: percepción → recuerdo → narración oral → recepción → escritura.

Cada paso puede añadir precisión.

Pero también puede producir: selección, simplificación, exageración, clasificación cultural y reorganización narrativa.

Por eso el historiador no debe preguntar solamente: «¿mintió el cronista?» Esa pregunta es demasiado simple. Puede haber transformación informativa sin mentira consciente alguna.

Las «amazonas» de Orellana: cuando la cultura precede al nombre

Otro ejemplo permite observar el mismo problema desde otro ángulo. Durante la expedición de Francisco de Orellana por el Amazonas en 1542, fray Gaspar de Carvajal afirmó haber visto mujeres combatiendo junto a grupos indígenas.

Las describió como «muy blancas y altas», de cabello largo y gran fortaleza física. La existencia de mujeres combatientes no resulta biológicamente ni históricamente imposible. Pero los europeos disponían además de una categoría cultural poderosísima para interpretar ese fenómeno: las amazonas de la tradición clásica grecorromana.

El análisis de la crónica muestra cómo esa tradición antigua formaba parte del horizonte cultural dentro del cual se organizaba el relato.

La cuestión metodológica no es simplemente decidir: «existieron» / «no existieron».

Hay preguntas intermedias:

¿Vieron realmente mujeres combatiendo?

¿Eran diez o doce?

¿Qué significaba exactamente «blancas» para Carvajal?

¿Qué parte de la descripción procede de la observación?

¿Qué parte de informaciones indígenas traducidas?

¿En qué momento esas mujeres combatientes se transformaron conceptualmente en amazonas?

El acontecimiento real y su interpretación cultural pueden coexistir.

«Blanco» tampoco significa necesariamente europeo

Este problema aparece repetidamente en las fuentes. Cuando un español del siglo XVI describe a una persona americana como «blanca», no podemos trasladar automáticamente el significado racial moderno del término.

Puede significar: relativamente clara respecto de otras poblaciones observadas, protegida de la exposición solar, perteneciente a una población con variación fenotípica, hipopigmentación, excepcionalmente, albinismo, una comparación literaria o potencialmente y ascendencia externa.

Pero el adjetivo por sí solo no permite decidir entre esas posibilidades.

Aquí vuelve a imponerse una regla: una descripción fenotípica no constituye automáticamente una explicación genealógica. «Piel clara» es una observación o comparación. «Descendiente de europeos» o «descendiente de asiáticos» ya es una hipótesis causal.

Entre ambas existe un salto que requiere evidencia independiente.

No diagnosticar muertos desde cinco siglos de distancia

La misma cautela debe aplicarse al análisis psicológico.

Podemos saber que: falta de sueño, deshidratación, infección, malnutrición, dolor, estrés, hipoxia y alteraciones electrolíticas pueden favorecer confusión o estados delirantes en determinadas circunstancias.

Pero de ahí no podemos concluir que un individuo histórico padecía delirium, psicosis, alucinaciones o una determinada deficiencia vitamínica.

Eso sería diagnóstico retrospectivo sin evidencia clínica suficiente.

La formulación correcta sería: determinadas condiciones documentadas o plausibles dentro de aquellas expediciones podían aumentar el riesgo de errores perceptivos o cognitivos, aunque no permiten establecer que un testigo concreto los experimentara.

Parece una diferencia pequeña. Metodológicamente es enorme.

Reconstrucción contextual estratificada

Para analizar este tipo de testimonios proponemos separar al menos siete capas.

1. Capa material

¿Qué objetos, personas, animales, vegetación, estructuras o fenómenos podían realmente existir en aquel lugar?

2. Capa ambiental

¿Cuáles eran las condiciones de visibilidad, clima, terreno, distancia, luz y familiaridad con el ambiente?

3. Capa fisiológica

¿Qué sabemos —no qué imaginamos— sobre cansancio, enfermedad, hambre, sueño, hidratación o lesiones del observador?

4. Capa perceptiva

¿Qué parte de la escena pudo observar directamente y qué partes permanecieron incompletas o ambiguas?

5. Capa cultural

¿Qué categorías conocidas utilizó para explicar aquello que nunca había visto?

6. Capa narrativa

¿Cómo convirtió la experiencia en un relato inteligible para otras personas?

7. Capa documental

¿Quién escribió finalmente el episodio, cuándo, a partir de qué fuente y con qué intereses?

Solo después de recorrer estas capas resulta razonable evaluar hipótesis.

Del «es posible» al horizonte de plausibilidad histórica

Existe otro problema habitual.

Ante cualquier misterio histórico se dice: «es posible».

Pero casi cualquier cosa que no viole las leyes físicas puede ser posible.

La historia necesita un criterio más exigente.

Proponemos utilizar el concepto de horizonte de plausibilidad histórica:

conjunto de explicaciones compatibles en diferente grado con las condiciones materiales, culturales, biológicas y documentales conocidas para un acontecimiento histórico determinado.

Esto permite ordenar explicaciones.

En el episodio cubano, por ejemplo: prenda indígena de algodón: altamente compatible con el contexto material.

Vestimenta ceremonial o de rango: plausible, pero necesita evidencia adicional.

Migrante procedente de otra región americana: posible, considerando la movilidad precolombina, pero no demostrado por la túnica.

Hipopigmentación o albinismo para explicar una piel excepcionalmente clara: biológicamente posible, pero imposible de diagnosticar solo a partir de la crónica.

Error perceptivo: posible, especialmente ante una observación breve y bajo alarma.

Descendiente de viajeros transoceánicos anteriores: concebible, pero requiere evidencia independiente mucho mayor.

Así, no necesitamos declarar inmediatamente un ganador.

Podemos comparar hipótesis.

Una matriz para comparar explicaciones

Una manera sencilla de evitar que nuestras preferencias decidan el resultado sería someter cada hipótesis a cuatro preguntas:

CriterioPregunta
Compatibilidad documental¿Explica realmente lo que dice la fuente?
Compatibilidad contextual¿Encaja con lo que conocemos de la sociedad y el ambiente?
Economía de supuestos¿Cuántas condiciones adicionales debemos imaginar?
Evidencia independiente ¿Existe arqueología, genética, otra crónica o evidencia material que la apoye?

Una hipótesis extraordinaria no debe rechazarse por ser extraordinaria.

Pero tampoco debe recibir el mismo peso que una explicación respaldada por múltiples fuentes independientes.

El peligro contrario: explicar demasiado

La crítica histórica también puede equivocarse intentando eliminar todo lo extraño.

Si una fuente dice algo que no encaja con nuestra reconstrucción de una cultura, no debemos automáticamente traducirlo en: «el observador se equivocó».

Tal vez nuestra reconstrucción esté incompleta.

Las sociedades del pasado poseían: variantes regionales, prácticas desaparecidas, migraciones, individuos excepcionales, innovaciones, diferencias de estatus y contactos hoy desconocidos.

La ausencia de evidencia contemporánea no transforma automáticamente un testimonio incómodo en fantasía.

Por ello la metodología debe ser simétrica: no creer demasiado rápido, pero tampoco negar demasiado rápido.

Inferencia proyectiva perceptiva

Podemos entonces ampliar el concepto de inferencia proyectiva.

En la comunicación lingüística: información incompleta + expectativas previas = significado atribuido.

En la percepción: estímulo incompleto más categorías previas conlleva al objeto interpretado.

Podríamos denominar esta segunda modalidad inferencia proyectiva perceptiva.

No significa que el observador vea lo que quiera arbitrariamente.

Significa que cuando la información sensorial no basta para determinar una única interpretación, el cerebro completa la escena utilizando aquello que ya sabe, teme, espera o reconoce.

Esto permite comprender por qué hombres del siglo XV y XVI podían observar realidades americanas auténticas y describirlas mediante:

frailes;
reyes;
amazonas;
monstruos;
templos;
paraísos;
provincias asiáticas.

El error, cuando existía, podía estar menos en los ojos que en la categoría aplicada después de mirar.

Del acontecimiento a nosotros

Finalmente, debemos recordar que nosotros constituimos otra capa interpretativa.

Podemos caer en el mismo mecanismo que estudiamos.

Quien desea demostrar presencia china en América puede leer: túnica blanca más chino.

Quien considera imposible cualquier contacto previo puede leer: túnica blanca más  fantasía.

Quien busca una explicación médica puede leer: visión extraña es alucinación.

En todos esos casos existe el riesgo de comenzar con la conclusión y organizar después la evidencia a su alrededor.

Por eso la cadena completa debería terminar así: acontecimiento → percepción histórica → interpretación histórica → relato → documento → historiador moderno → nueva interpretación.

Nosotros tampoco estamos fuera del problema.

Conclusiones

Primero, las crónicas antiguas no deben interpretarse ni como fotografías literales del pasado ni como ficciones descartables. Son testimonios producidos mediante cadenas complejas de percepción, memoria, lenguaje y transmisión.

Segundo, debemos distinguir siempre entre lo ocurrido y lo que el testigo afirmó haber percibido.

Tercero, la percepción humana es inferencial. Ante estímulos ambiguos, las expectativas, conocimientos y estados emocionales del observador pueden influir en aquello que cree estar viendo.

Cuarto, las condiciones de las primeras expediciones —fatiga, vigilancia, peligro, calor, posible deshidratación, enfermedad y ambientes completamente desconocidos— podían favorecer errores cognitivos o perceptivos. Esto constituye una posibilidad contextual, no un diagnóstico individual.

Quinto, conceptos utilizados por los cronistas como túnica, rey, amazona o blanco no son descripciones culturalmente neutrales. Contienen categorías propias del observador.

Sexto, el episodio cubano de 1494 demuestra precisamente la necesidad de esta cautela: Las Casas conserva el testimonio de un marinero que afirmó haber encontrado un indígena vestido con una larga túnica blanca, pero la fuente no explica qué era aquella prenda ni permite determinar su origen.

Séptimo, el relato de Carvajal sobre mujeres guerreras «muy blancas y altas» muestra cómo una experiencia americana podía quedar organizada dentro de un imaginario europeo preexistente: el de las amazonas de la Antigüedad clásica.

Octavo, proponemos una reconstrucción contextual estratificada, que examine por separado materialidad, ambiente, fisiología, percepción, cultura, narrativa y transmisión documental.

Noveno, proponemos igualmente trabajar dentro de un horizonte de plausibilidad histórica, comparando explicaciones según su compatibilidad documental, contextual, economía de supuestos y evidencia independiente.

Décimo, ninguna explicación debe privilegiarse únicamente porque resulte convencional, sorprendente o atractiva.

El objetivo no consiste en eliminar el misterio del pasado.

Consiste en delimitar qué podemos afirmar, qué podemos inferir y qué debemos mantener abierto.

Porque entre aquello que sucedió hace quinientos años y nosotros existen muchas capas.

Y quizá la pregunta histórica más rigurosa no sea siempre: «¿qué ocurrió?» sino primero: «¿qué parte de aquello que nos cuentan corresponde al acontecimiento, qué parte a la manera de percibirlo y qué parte a la necesidad humana de darle sentido?»

Glosario de términos clave:

Alucinación:

Percepción producida sin un estímulo externo correspondiente.

Ilusión perceptiva:

Interpretación incorrecta o distorsionada de un estímulo externo real.

Inferencia:

Proceso mediante el cual se obtiene una conclusión a partir de información incompleta.

Inferencia proyectiva:

Atribución de significado a información incompleta utilizando conocimientos, expectativas, intereses y categorías previas.

Inferencia proyectiva perceptiva:

Concepto analítico propuesto aquí para describir la influencia de expectativas y categorías previas en la identificación de estímulos visuales ambiguos.

Reconstrucción contextual estratificada:

Método analítico propuesto en este artículo que examina separadamente las capas materiales, ambientales, fisiológicas, perceptivas, culturales, narrativas y documentales de un testimonio histórico.

Horizonte de plausibilidad histórica:

Conjunto de explicaciones compatibles en diferente grado con las condiciones conocidas de un acontecimiento histórico.

Testimonio:

Relato mediante el cual una persona comunica aquello que afirma haber presenciado, experimentado o conocido.

Fuente primaria:

Documento, objeto o testimonio producido dentro o próximo al período histórico estudiado.

Crítica de fuentes:

Conjunto de procedimientos destinados a determinar procedencia, contexto, transmisión, fiabilidad y limitaciones de una fuente histórica.

Pareidolia:

Tendencia perceptiva a reconocer patrones significativos —especialmente figuras o rostros— en estímulos ambiguos.

Hipervigilancia:

Estado aumentado de alerta y atención hacia posibles amenazas.

Diagnóstico retrospectivo:

Atribución de una enfermedad o condición médica a una persona histórica basándose en información posterior e incompleta; requiere especial cautela metodológica.

Fuentes:

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Sobre el autor

Henrik Hernández es ensayista, investigador independiente y fundador de la Revista Digital Multidisciplinaria Tocororo Cubano.

Sobre el medio

Tocororo Cubano es una revista digital multidisciplinaria dedicada al análisis de la historia, la geopolítica, la cultura, la ciencia y la sociedad desde una perspectiva crítica, investigativa, fundamentada y orientada al debate público.

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