Cultura

El último humo de la paz

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Imagen generada por la AI Sofia (ChatGPT).

Dicen los ancianos que, hace muchos siglos, en una aldea escondida entre los ríos de Cuba, vivía Arawé, un indio de mirada tranquila y manos hechas para sembrar. Él conocía el alma del tabaco: sabía que no era solo una planta, sino un espíritu que unía la tierra con el cielo. Para su pueblo, el humo era una oración que se elevaba.

Un amanecer, los tambores dejaron de sonar: unas naves enormes se acercaban a la costa. Nadie había visto algo así. Eran los españoles, vestidos de hierro brillante, con voces que parecían truenos.

Arawé no fue a esconderse como otros. Había aprendido que el miedo, si se queda solo, se vuelve dueño de la vida. Caminó hacia la playa con una vara de tabaco recién secado, envuelta en hojas olorosas.

Los españoles lo miraron con sorpresa: no alzaba armas, no gritaba. Solo extendía sus manos.

—Paz —dijo Arawé en su lengua—. Yuqia naborí… “soy siervo de la paz”.

Los españoles no entendieron las palabras, pero sí el gesto. Arawé encendió el tabaco, sopló el humo hacia el cielo y luego les ofreció la vara. Para él, aquello era el mayor símbolo de confianza: compartir el espíritu del tabaco era compartir la vida.

Pero, mientras él entregaba paz, los recién llegados traían ambición.

Con el tiempo, el humo sagrado se volvió mercancía y la sonrisa de Arawé se transformó en silencio. Los caminos se llenaron de cadenas, las aldeas de fuego, y muchos pueblos como el suyo fueron desapareciendo, uno por uno, hasta quedar solo en los cantos de los abuelos.

Sin embargo, la historia dice que la noche antes de que su aldea fuera tomada, Arawé subió al monte con su último manojo de tabaco. Lo encendió y dejó que el humo se elevara lentamente.

—Que nuestro espíritu no se apague —susurró—.
—Que los hijos de los hijos recuerden que alguna vez fuimos libres.

Y cuentan que el humo no se disolvió: subió como una columna azul hasta que el viento lo extendió por toda la isla, como un mensaje que no se puede borrar.

Hoy, aunque muchas naciones originarias fueron arrasadas por las colonias europeas, el espíritu de Arawé vive en cada rito, en cada canto, en cada raíz que sobrevive.

Porque un pueblo no muere cuando lo vencen: muere cuando lo olvidan.
Y mientras alguien recuerde el humo sagrado del indio cubano, América Latina seguirá respirando.

Sobre el autor

Filgueira Santana Ariel, escritor habanero, es autor de este relato publicado originalmente en Facebook. El último humo de la paz es una creación literaria contemporánea concebida para redes sociales. Con su expresa venia, este texto se publica en Tocororo Cubano por su valor simbólico y cultural.

Gracias por leerme.
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Por Filgueira Santana Ariel - una colaboración para Tocororo Cubano

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