Sociedad

Colores y percepciones: crónica de un incidente ambiguo en Estocolmo

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Una reflexión necesaria

Hay momentos en que un color deja de ser color y se convierte en identidad, sobre todo cuando el miedo impera en las mentes y los corazones. El miedo puede generar percepciones falsas. Y el peligro de una percepción falsa es que puede generar hostilidad. Eso fue lo que ocurrió en la Marcha de las Antorchas por Olof Palme.

La tarde era fría en Odenplan. La manifestación reunía a personas diversas bajo una memoria común. Yo arribé con mi bandera cubana enrollada en un asta de madera, pero los organizadores me pidieron que no la desplegara, pues habían decidido que solo habría una banderola, las antorchas y la imagen de Palme. Aunque mi bandera no estaba desplegada, los colores azul y blanco eran visibles.

Entre los presentes, un pequeño grupo de mujeres con kūfiyya - pañuelos, símbolos de identidad palestina— concentró su atención en mí y habló  entre ellas. La intuición despertó en mí una sensación de intranquilidad. Decidí cambiar de posición y me dirigí a otro punto del lugar.

Un hombre de unos 55 años y aproximadamente 165 cm de estatura se me acercó y preguntó directamente si yo era israelí. La pregunta llegó sin rodeos. Respondí que no y contra pregunté: “¿Por qué piensa así?”. Señaló mi bandera: “Porque es la de Israel”. Le respondí que no, que era la bandera de Cuba. “Pero los colores dicen otra cosa”, insistió. “Los colores son colores”, respondí, y continué mi camino.

No habían pasado ni dos minutos cuando fui abordado por cinco policías. Cuatro se detuvieron a unos dos metros detrás de mí, y uno se situó a mi lado.

La interacción fue breve, respetuosa y profesional. No hubo dureza ni hostilidad, solo preguntas claras y una escucha atenta mientras desplegaba la bandera para mostrarla. Fue un instante casi técnico, administrativo. Y, sin embargo, incluso en esa neutralidad, uno percibe cómo la mirada institucional también participa de la lógica del símbolo: confirmar antes de asumir.

Y aun así, algo se activó.

Más tarde supe, por amigas presentes, que en otra manifestación vinculada a la causa palestina una persona se había presentado de manera provocativa con una bandera israelí. También conocí que en una manifestación distinta se habría producido un intento de agresión — al parecer secuestro— contra un ciudadano chileno. Esos antecedentes no estaban plenamente presentes en mi conciencia en el momento exacto del episodio, pero forman parte del clima general que rodea hoy determinadas concentraciones públicas en Europa.

Posteriormente, ya en marcha la manifestación, dos personas con kūfiyya, me fotografiaron desde distintos ángulos casi al unísono. En un contexto internacional cargado de tensiones simbólicas, la percepción se vuelve rápida, casi automática. Decidí retirarme de manera discreta  y ordenada, un par de cuadras después de la Biblioteca. Tomé las medidas necesarias de control y me aseguré de que no era seguido. La prudencia no es miedo. Es conciencia situacional.

Mi retirada fue discreta y pasó completamente desapercibida, pero  generó preocupación en mis amigas, quienes contactaron a otro amigo común, que me llamó de inmediato por teléfono. Agradezco profundamente la preocupación y solidaridad de los hermanos latinoamericanos de mi red, que estuvieron atentos y en comunicación constante. Esa red de apoyo es una fortaleza. Frente a la ambigüedad y la frialdad de los símbolos, aparece el calor del vínculo humano. Esa red es, en sí misma, una forma de seguridad y de identidad compartida que trasciende los colores de una bandera.

Lo ocurrido puede clasificarse como un incidente ambiguo sin escalamiento.

Sin embargo, es necesario distinguir entre contexto y evidencia directa. En mi caso concreto no hubo amenaza explícita ni confrontación física, más allá del hecho de ser fotografiado desde dos direcciones diferentes. Ya en la relativa seguridad de mi apartamento, quedó flotando una sensación indefinida, esa huella leve que deja la ambigüedad cuando la razón termina de ordenar lo ocurrido.

Pero una cuestión es la sensación y otra la razón.

Desde un análisis frío, el nivel de peligro potencial e inminente fue bajo, quizás alrededor de un tres por ciento. El tres por ciento no es cero, pero tampoco justifica dramatización. La prudencia, cuando es proporcionada, no es miedo. Es conciencia situacional.

En tiempos de polarización global, los símbolos viajan más rápido que las explicaciones. Un color puede activar narrativas antes de que la razón intervenga. Las identidades se leen de forma automática, muchas veces sin mediación ni diálogo.

La conciencia situacional consiste precisamente en eso: reconocer la activación emocional sin dejar que esta sustituya a la evidencia. Escuchar al instinto, pero someterlo al análisis. Actuar con prudencia sin convertir la ambigüedad en amenaza.

En espacios públicos cada vez más cargados de significado, la serenidad se convierte en una forma de resistencia.

Al final, hubo percepción. Hubo aprendizaje.

Gracias por leerme.
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Por Henrik Hernandez - Tocororo Cubano

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