Historia

Valeriano Weyler Nicolau, siniestro jinete salido del Apocalipsis

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Pearson Pub. (possibly a reproduction of an earlier portrait), Public domain, via Wikimedia Commons

Los inocentes turistas disfrutan de su estancia en la ciudad de Santa Cruz de Tenerife, pisan las magníficas calzadas de una maravillosa plaza rodeadas de árboles, decoradas con figuras geométricas, cuadrados, octogonales, rectangulares y alargadas como lágrimas y diamantes pendientes, todos en perfecto color blanco sobre los grises mosaicos, algunos bancos en su perímetro interior, cuyo centro es ocupado por una fuente en mármol, donde se erige una escultura con ángeles y ocasionalmente alguna que otra carpa ofreciendo servicios culinarios y de café en su borde exterior cerca de palmas del viajero y arbustos.

Lugar muy hermoso, acogedor y hasta armonioso que porta el nombre de un hombre que hasta en nuestros días es homenajeado inmerecidamente como héroe, como muchos otros asesinos que han surcado las aguas de la historia, Julio Cesar, Alejandro Magnus, Jerjes, Gingis Khan, etc.

Un amigo me repetía un día, hablando sobre temas de actualidad, que la humanidad repite los mismos errores, por desconocer la historia, a lo cual argumente mi oposición, diciéndole que si repetimos los errores, es porque la historia engrandece y adora a asesinos dejando en el anonimato a quienes verdaderamente han aportado al bien común y desarrollo de la humanidad, heroficando a aquellos que han impuesto su voluntad de dominación con espada y fuego bañándose en ríos de sangre. Esas son las inspiraciones que asumen las nuevas generaciones a partir de un egregor de gloria que en definitiva solo enaltece los intereses económicos de élites gobernantes.

El personaje de marras, al cual nos referimos, se llamó Valeriano Weyler Nicolaus, conocido por esa diosa implacable que, es la historia como el “Hitler de Cuba”, cuya política genocida en nuestra Patria, llamada  “Reconcentración”, lo sitúa como un precedesor de los campos de concentración nazi durante el gobierno de Adolfo Hitler antes y durante la Segunda Guerra Mundial.

Pero no es el único lugar en la Gran Madre Patria, como es la Plaza Weyler en Palma de Mallorca, que recuerda con inmerecida reverencia a ese hombre que el contemporáneo corresponsal de guerra norteamericano de apellido Appelyee caracterizará como, “hombre mezquino, diminuto en todo concepto, acorchado y fruncido, ganoso de fama inmortal sin darle importancia a que su prestigio huela a rosa o a estiércol”.

Pero a Valeriano Weyler hay que ponerlo en su verdadera dimensión histórica. No fue el creador de la política de “reconcentración”. La idea de tal monstruosidad surgió de un “fiel siervo de Dios” el presbítero Juan Bautista Casas, que la expuso en su libro “La guerra separatista de Cuba, sus causas, medios de terminarla y evitar otras”. Propuso obligar a reunir a la población no beligerante en determinados lugares designados para evitar el apoyo de esta a los insurrectos.

La propuesta fue aceptada y puesta en vigor por el gabinete conservador del gobierno español de Cánovas del Castillo. Weyler la puso en práctica a través de varios bandos o decretos al asumir la Capitanía de la Siempre fiel Isla de Cuba, al sustituir al entonces Capitán General Arsenio Martínez Campos. Este no solo conocedor, sino también promotor de tal cruel medida, no tuvo ni valor, ni corazón para aplicarla, y propuso a Weyler, a quien consideraba preparado militarmente y con inteligencia, para que asumiera su ejecución, dejando constancia de que: “No puedo yo, representante de una nación culta, ser el primero que de ejemplo de crueldad e intransigencia.” Valiente hipocresía, de quien propusiera al gabinete de Cánovas del Castillo llevar a cabo la reconcentración, al cual escribió:
“Podría reconcentrar las familias de los campos en las poblaciones, pero necesitaría mucha fuerza para defenderlos; ya son pocos en el interior los que quieren ser voluntarios; segundo, la miseria y el hambre serían horribles, y me vería precisado a dar ración, y en la última guerra llegué a dar 40.000 diarias; aislaría los poblados del campo, pero no impediría el espionaje: me lo harían las mujeres y chicos; tal vez llegue a ello, pero en un caso supremo, y creo que no tengo condiciones para el caso».

Esto nos demuestra que si Valeriano Weyler Nicolau, fue el alma salida de los infiernos, para ejecutar un genocidio, la responsabilidad mayor cae sobre el régimen español de entonces y el actual, que persiste en mantener su glorificación y heroficación.

Valeriano Weyler Nicolau, nació en 1838 en Palma y falleció en 1930 en Madrid, España. Asumió la jefatura de Cuba el 10 de febrero de 1896. Ya había intervenido en Cuba y otras islas caribeñas. En 1869 “libero” Bayamo de los insurgentes cubanos, recogiendo solo cenizas de una ciudad incendiada por sus propios habitantes y decretando no hacer prisioneros a bayameses, sino ejecutarlos en el lugar, donde fueran capturados.

Por sus méritos en la Guerra de los Diez Años, en 1871 ascendió al grado de coronel y recibió la Gran Cruz del Mérito Militar. Obtuvo con posterioridad grandes victorias militares, por lo que su prestigio profesional no se le cuestiona. Participó en las luchas carlistas de Valencia y Cataluña, donde se le acusó de destruir propiedades y matar a sangre fría a no combatientes, por lo que fue destituido por decreto del rey Alfonso XII.

Escribió un folleto para justificar su acción bajo el título de “Memorias justificativa de las operaciones en Valencia, Aragón y Cataluña, desde el 17 de junio al 6 de agosto de 1875”, arrestado al violar la prohibición de que los militares no podían utilizar las imprentas, para tales fines, pero se produjo un sobreseimiento de causa y luego fue restituido en su cargo.

Cuando asumió la comandancia del ejército peninsular en la Isla de Cuba, este contaba con 200 000 efectivos, más 100 000 voluntarios, un total de 300 000. Un enorme ejército de ocupación en comparación con la población cubana de aquel entonces, que era de 1 572 845 habitantes, es decir, una correlación de 5,24 habitantes por cada militar español. Al mismo tiempo representaba una supremacía numérica de 27 efectivos por cada cubano en armas, cuyo Ejército Libertador contaba con unos 11 000 mambises en 1896.

No obstante, ese enorme ejército fue víctima de las condiciones climatológicas y epidemiológicas de la Isla. Durante el año 1896, fueron hospitalizados 232 000 efectivos y sólo en 1987 murieron 32 500 españoles producto a las enfermedades. Los refuerzos que llegaban continuamente desde la península no podían suplir las pérdidas, al sufrir la misma suerte.

El 21 de octubre de 1896, hace 126 años, Valeriano Weyler Nicolau dictó su primer bando sobre la Reconcentración, en ellos se daba la orden de que todos los habitantes de las áreas rurales de Cuba se concentraran en las ciudades con sus animales, en el transcurso de 8 días, quienes no cumplan con al ordenanza se les consideraría rebeldes y como tal se les juzgaría. Se prohibía la transportación de alimentos por mar o tierra sin permisos de las autoridades y se consideraría toda transportación ilegal como colaboración con los insurgentes y se trataría en correspondencia.

Estas medidas condujeron a que miles de personas murieran, en primer lugar, niños, ancianos y mujeres al ser transportadas o durante sus estancias en las ciudades donde eran concentrados en corrales al aire libre o en barracones, sin condiciones sanitarias, ni de ningún otro tipo. Desnudos y descalzos en busca de comida que no existía, ni se le suministraba. La economía agropecuaria colapsó, bohíos y cultivos destruidos y todo el que era capturado en los campos era pasado por las armas. Esas víctimas nunca formaron parte de las estadísticas, ni de los cálculos apreciativos de la Reconcentración.

En las ciudades donde concentraron a la población se calcula que murieron por hambre, enfermedades, abusos físicos y psicológicos entre 300 000 a 400 000 cubanos. Cálculos más sombríos asumen la cifra de hasta 600 000 personas. En la actualidad, los partidarios de la doctrina geopolítica de la Hispanidad, pretenden borrar el hecho descalificando las cifra de muertos, afirmando que únicamente fueron 170 000 y lo mismo hacen algunos propagandistas anticubanos radicados en España.

Para darse cuenta de lo que ello significó, incluso las cifras más bajas de 300 000 muertos representa el 19% de la población cubana en aquel entonces, si tomamos la cifra de 600 000, entonces es el 38%. Hablamos de población civil y pacífica, no beligerante. Incluso la cifra de 170 000 esgrimidas por los enemigos de Cuba, el porcentaje es de 10. Cifras todas horripilantes. La historia, por desgracia, no puede mostrar cifras más exactas, por la ausencia de datos que los represores nunca se interesaron en archivar, lo que deja el margen para la duda y la manipulación.

Pero el hecho no se ha podido ignorar, aunque hay fuerzas en la península, que trabajan, para borrar la “historia negra” de España en sus dominios de ultramar y pretenden restablecer el poderío español sobre esos países hoy políticamente independientes, como un intento geopolítico de integrarse al mundo multipolar en calidad de potencia, lo cual la Gran Madre Patria reducida a la península nunca sería capaza de lograr.

Ante las quejas del alcalde Güines, sobre las condiciones infrahumanas que sufrían los reconcentrados, Weyler respondió:“¿Dice usted qué los reconcentrados mueren de hambre? Pues precisamente para eso hice la reconcentración”.

Con su política de Reconcentración, Weyler no pudo frenar el desarrollo impetuoso de la guerra. Las filas del Ejército Libertador continuaron nutriéndose, y sus jefes, oficiales y tropas adoptaron nuevos métodos de subsistencia que les permitieron continuar la lucha victoriosa por la independencia de Cuba.

La política de reconcentración, con modalidades temporales y lugareñas, han sido aplicadas en varias ocasiones. Los Estados Unidos, contra los japoneses, residentes en ese país, durante la Segunda Guerra Mundial, durante las guerras de Vietnam y Corea, contra los llamados “combatientes ilegales” en Guantánamo, durante la Guerra contra el Terrorismo. Los británicos la aplicaron en África del Sur, donde concentraron a 20 000 mujeres en la Guerra de los Boers (1899 – 1902). Francia estableció campos de “refugiados” para los republicanos huidos de la España franquista, que luego mezclaron con judíos y antinazis, durante la Segunda Guerra Mundial.

Pero sin dudas, el refinamiento del método tuvo su apogeo con los campos de concentración nazis durante la Segunda Guerra Mundial, cuando se establecieron 30 980 campos de concentración y trabajo forzados y unos 1 150 guetos judíos. Donde perecieron millones de seres humanos. Antes de la contienda mundial, en Alemania se establecieron 39 campos de concentración con 2000 sucursales. Prácticas todas nacidas e inspiradas en el mundo hispánico y que llevan el sello de un ser humano, que al parecer representa los cuatro jinetes del Apocalipsis - Valeriano Weyler Nicolau. 

Notas:

Antonio Cánovas del Castillo - nació el 8 de febrero de 1828, murió el 8 de agosto de 1897. Político e historiador, Primer Ministro español durante seis mandatos, fue el "arquitecto" del régimen que siguió con la restauración de 1874 de la monarquía borbónica. Murió en el cargo a manos de un anarquista, Michele Angiolillo.

Guerra de los Diez Años - comenzó con el levantamiento de La Demajagua, se le conoce también como Guerra del 68 o Guerra Grande (1868-1878), fue la primera de las tres guerras cubanas de independencia contra las fuerzas coloniales españolas.

Gran Madre Patria - expresión para referirse a España. 

Voluntarios - Cuerpo de Voluntarios, eran unidades conformadas por cubanos, al servicio de la metrópoli española, que combatían contra el Ejército Libertador.

Fuentes:

 

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