Misiones internacionalistas cubanas (1960–1991): economía, geopolítica y defensa estratégica
por Henrik Hernandezpublicado en
Introducción
Entre 1960 y 1991, las misiones internacionalistas cubanas constituyeron un fenómeno sin precedentes: un país del Tercer Mundo disputando activamente el espacio geopolítico a potencias coloniales y neocoloniales como Francia, Portugal y los Estados Unidos. Este artículo analiza su dimensión económica ampliada, incorporando dos factores ausentes en los balances tradicionales: la proyección geopolítica anticolonial y la función defensiva estratégica frente a la agresión externa.
Una anomalía económica con ambición geopolítica
Desde la economía política clásica, el internacionalismo cubano fue una anomalía: internalizó costos sin exigir retornos financieros directos. Sin embargo, desde una economía geopolítica, Cuba logró algo inédito: romper el monopolio de intervención global de las potencias occidentales.
Por primera vez en el siglo XX, una nación periférica compitió en el mismo tablero que Francia en África francófona, Portugal en sus excolonias y EE. UU. en el orden hemisférico, sin capital financiero, sin corporaciones transnacionales y sin bases permanentes.
Económicamente, esto no produjo plusvalor; produjo disuasión y capacidad de negociación.
Costes directos y presión material
Los costes fueron reales: transporte intercontinental, logística militar y civil, formación, sustitución de fuerza laboral interna y atención a veteranos. En escenarios prolongados como Angola, el despliegue sostenido drenó recursos de una economía ya asediada. Desde la contabilidad fiscal, las misiones agravaron tensiones internas; desde la economía estratégica, compraron tiempo y margen de maniobra frente a un entorno hostil.
Disputa geopolítica con potencias establecidas
Aquí está el punto ausente en muchos análisis:
Cuba fue la única nación del Tercer Mundo que disputó en terreno real —no diplomático— el rol geopolítico de potencias históricas.
En África, enfrentó la herencia colonial portuguesa y francesa; indirectamente, contuvo la proyección militar de EE. UU. y de sus aliados regionales. La derrota del eje sudafricano-apartheid en Cuito Cuanavale no solo fue militar: alteró correlaciones de poder, debilitó estructuras coloniales y reposicionó a Cuba como actor global.
Ese posicionamiento tuvo un valor económico no monetizable, pero estratégicamente decisivo.
Internacionalismo como estrategia defensiva
Las misiones no fueron solo solidaridad: fueron defensa adelantada.
Mantener contingentes fuera del territorio nacional permitió a Cuba: dispersar el riesgo militar, adquirir experiencia de combate real, profesionalizar mandos y tropas, desarrollar doctrina operacional propia.
Desde una lógica defensiva, fue una inversión: defender La Habana también se hacía en Luanda o Addis Abeba. Esta experiencia elevó los costes potenciales de una agresión directa contra Cuba, reforzando la disuasión sin necesidad de bases extranjeras.
Relación con el bloque socialista: apoyo, no pago
La alianza con la Unión Soviética aportó energía, créditos y mercados preferenciales. Pero no existe evidencia de que las misiones fueran “subcontratadas”. En varios momentos, Cuba arrastró a la URSS a compromisos mayores, actuando con autonomía estratégica. Económicamente, el apoyo fue condición de posibilidad, no retribución directa.
Refutando el mito del “satélite soviético” y del “mercenarismo”
Una de las críticas más persistentes al internacionalismo cubano sostiene que Cuba actuó como un simple “satélite” de la Unión Soviética, ejecutando misiones militares y políticas a cambio de pagos o subsidios. Esta narrativa, ampliamente difundida en la literatura anticomunista y en el discurso mediático occidental, no se sostiene frente a la evidencia histórica.
La investigación archivística demuestra que, en escenarios clave —particularmente en África—, la iniciativa política y militar fue cubana, no soviética. Como documenta exhaustivamente Piero Gleijeses, la decisión de intervenir en Angola en 1975 fue tomada por el liderazgo cubano antes de contar con garantías logísticas completas de Moscú, e incluso arrastró a una URSS inicialmente más cautelosa a comprometerse en un conflicto que no había planificado. Un satélite no asume riesgos estratégicos de esa magnitud por iniciativa propia.
Es cierto que la Unión Soviética proporcionó el andamiaje material indispensable: petróleo subsidiado, armamento, créditos y acceso preferencial a mercados. Sin embargo, este apoyo no constituyó un pago por servicios prestados, sino el soporte estructural de una alianza estratégica. No existe evidencia documental —ni en archivos soviéticos desclasificados ni en fuentes cubanas— que indique transferencias monetarias directas a Cuba como retribución por el despliegue de tropas en Angola, Etiopía u otros escenarios. Los costos humanos y una parte sustancial de los costos materiales fueron asumidos por Cuba.
La relación fue simbiótica, no mercenaria. Cuba aportó la voluntad política, la doctrina militar, el personal y la disposición a asumir pérdidas; la URSS obtuvo un aliado global con credibilidad real en el Tercer Mundo, capaz de disputar la influencia de potencias coloniales y neocoloniales. El colapso de este apoyo tras 1991 no revela la ausencia de “pagos”, sino el hecho de que el internacionalismo clásico dependía de una arquitectura de alianzas, no de una lógica de mercado.
Además, Cuba mantuvo posiciones autónomas y, en ocasiones, críticas respecto a Moscú en momentos clave de la Guerra Fría, algo incompatible con la condición de satélite. La política exterior cubana respondió a una racionalidad propia de supervivencia, soberanía y proyección internacional, no a una subcontratación geopolítica.
En consecuencia, el internacionalismo cubano no puede entenderse como mercenarismo ni como obediencia automática, sino como una estrategia de alianza con autonomía operativa, donde la ganancia principal no fue financiera, sino geopolítica, defensiva y simbólica.
Sostenibilidad y ruptura tras 1991
El colapso del campo socialista reveló el límite material del modelo: el internacionalismo clásico no era sostenible sin respaldo estructural. La reconversión posterior hacia misiones médicas remuneradas confirma que el período 1960–1991 fue una decisión histórica consciente, no un desliz económico.
Balance económico-estratégico final
Desde una visión ampliada, las misiones internacionalistas cubanas:
❌ No generaron acumulación financiera
❌ No ampliaron la base productiva interna
✔️ Disputaron hegemonía a potencias coloniales
✔️ Funcionaron como defensa estratégica adelantada
✔️ Construyeron disuasión y experiencia militar
✔️ Sostuvieron coherencia ideológica y legitimidad histórica
En síntesis: no produjeron plusvalor, produjeron soberanía. Y en el contexto de una guerra prolongada contra una superpotencia, eso también es economía.
Glosario de términos clave:
Economía geopolítica:
Análisis de decisiones económicas según su impacto en poder, seguridad y correlaciones internacionales.
Disuasión estratégica:
Capacidad de impedir una agresión elevando su costo potencial.
Defensa adelantada:
Estrategia que desplaza el punto de contención fuera del territorio nacional.
Soberanía estratégica:
Capacidad real de decisión y acción autónoma en el sistema internacional.
Capital no monetizable:
Beneficios políticos o militares sin conversión directa en divisas.
Fuentes consultadas:
Gleijeses, P. (2002). Conflicting missions: Havana, Washington, and Africa, 1959–1976. University of North Carolina Press.
Gleijeses, P. (2013). Visions of freedom: Havana, Washington, Pretoria, and the struggle for Southern Africa, 1976–1991. University of North Carolina Press.
Westad, O. A. (2007). The global Cold War. Cambridge University Press.
Mesa-Lago, C. (2000). Market, socialist, and mixed economies. Johns Hopkins University Press.
Gracias por leerme.
Si este contenido resonó contigo, únete a nuestra comunidad comentando y compartiendo.
Por Henrik Hernandez - Tocororo Cubano
#InternacionalismoCubano #TocororoCubano #GeopolíticaDelSur #SoberaníaEstratégica
Comentarios