Sociedad

La trampa de la libertad: reflexiones filosóficas de Henrik Hernández

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Por Henrik Hernandez

Una vez más, Henrik nos interpela con una de sus reflexiones filosóficas, esta vez sobre la libertad: ese equilibrio frágil entre conciencia, límites y responsabilidad.

¿Eres verdaderamente libre… o simplemente ignoras las cadenas que no puedes ver?

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La libertad, esa palabra que embriaga discursos y consuela conciencias, es para Henrik Hernández una construcción peligrosa si no se la mira de frente. Detrás de su brillo seductor se esconde una paradoja tan antigua como la razón humana: cuanto más creemos ser libres, más profundamente estamos atados a las leyes que ignoramos.

La libertad, emblema de los discursos modernos, se convierte bajo la mirada de Henrik Hernández en una paradoja inquietante. Lejos de la exaltación romántica o del fetiche liberal, él la interroga con crudeza: ¿somos realmente libres o simplemente ignoramos las cadenas que nos determinan?

Henrik no la endiosa. La desnuda. No cree en la libertad como un don celestial ni como un derecho absoluto. Para él, la libertad es un espejismo bien diseñado, condicionado por las estructuras invisibles que moldean la mente humana: la cultura, la religión, el lenguaje, las relaciones de poder, y sobre todo, el modo de producción. ¿Cómo hablar de libre albedrío cuando hasta los sueños están domesticados por lo que el mercado impone? Nadie escapa del tiempo histórico en que nace. Elegimos, sí, pero siempre dentro de un marco que nos precede y nos condiciona.

La libertad no consiste, según su pensamiento, en elegir entre opciones prefabricadas, sino en asumir el peso terrible de nuestras decisiones. Ser libre, para Henrik, no es vivir sin límites, sino aceptar que toda acción trae consecuencias. Y que la verdadera libertad nace cuando se abraza esa responsabilidad con lucidez, no cuando se evade en el deseo.

“Somos esclavos de las leyes”, dice, sin rastro de resignación. “Pero esas leyes no son solo decretos humanos: son las leyes que rigen la materia, la historia, la sociedad y la conciencia.” Todo está enmarcado: el universo, la sociedad, el pensamiento. Creer que se puede actuar sin esas determinaciones es infantil. Pero comprenderlas… esa sí es una forma elevada de libertad. En esa dirección, sostiene que la libertad no es simplemente tener opciones, sino asumir conscientemente las consecuencias de nuestras elecciones. Y eso exige madurez, no impulso. El acto libre no es espontáneo, sino reflexivo. Es una forma de responsabilidad que pesa, que obliga. 

La razón, en esta visión, no libera: encadena con elegancia. Nos obliga a actuar dentro de sus propios marcos, a acatar la lógica de lo posible. No hay espacio para el capricho cuando se piensa con profundidad. Y sin embargo, solo desde esa conciencia del límite se puede aspirar a una existencia verdaderamente digna. Henrik nos dice que, incluso actuar conforme a la razón, lejos de liberarnos, nos ata a una estructura lógica que excluye el capricho. La razón impone límites. Nos obliga a vivir según una necesidad que no elegimos. Y sin embargo, solo en esa comprensión nace la posibilidad de una libertad auténtica.

Ahora bien, Henrik no omite el conflicto entre la razón y el deseo. Si la razón nos encadena, el deseo nos arrastra. La modernidad ha vendido la idea de que seguir el deseo es ser libre, pero él lo cuestiona: ¿qué libertad hay en ceder a pulsiones que ni siquiera comprendemos? ¿No es acaso la tiranía del deseo —moldeado por la publicidad, el mercado, el consumo— otra forma de esclavitud? Ser libre implica también saber decir no.

La reflexión se vuelve más profunda cuando aborda la dimensión histórica y política. ¿Puede hablarse de libertad en contextos de dominación imperial, de dependencia económica o de manipulación ideológica? Henrik responde que la libertad no puede desligarse del análisis de poder.

Allí donde se impone una voluntad ajena sobre los pueblos, donde se silencia la memoria colectiva, donde se trafica con la conciencia, no puede hablarse de libertad, sino de sometimiento disfrazado.

Por eso introduce la idea de la libertad interior, esa trinchera última que ningún opresor puede conquistar. Aun en medio de la coerción externa, el ser humano puede conservar un espacio íntimo de integridad y lucidez. No es una libertad plena, pero sí esencial: la libertad de no traicionarse a uno mismo.

Henrik también advierte sobre la peligrosa trampa del presente. En las sociedades modernas, se ha naturalizado una idea de libertad vacía: la de “hacer lo que uno quiera”, consumir sin medida, elegir sin pensar.

Pero esa supuesta libertad no emancipa: adormece. Es el rostro amable de una nueva servidumbre, más sofisticada, pero igual de alienante.

Frente a todo esto, propone una concepción dialéctica: la libertad no es individualidad pura, ni fusión con la masa. Es un delicado equilibrio entre el yo y los otros, entre el juicio propio y la conciencia del bien común. No se es libre contra la comunidad, sino con y para ella.

Y así, con cada paso, Henrik construye una visión de la libertad como conciencia despierta, como lucidez ante los condicionamientos que nos moldean, como voluntad de actuar con responsabilidad y ética en un mundo regido por leyes que no elegimos, pero que podemos comprender.

Henrik no llama a romper cadenas —eso sería caer en el mito revolucionario mal digerido—, sino a verlas con claridad. Solo quien conoce sus prisiones puede moverse con cierta autonomía dentro de ellas. Y quizás, en ese breve margen que la historia concede a los lúcidos, sembrar una pequeña revolución: no de masas, sino del alma. Por eso su reflexión incomoda. No promete emancipaciones fáciles ni redenciones colectivas. Invita, más bien, a una vigilancia interior permanente, a una libertad que no es evasión, sino compromiso.

Así, el pensamiento de Henrik incomoda. No promete emancipaciones instantáneas ni redenciones colectivas. Invita, más bien, a una vigilancia interior permanente, a una ética sin refugio, a una libertad que es más un deber que un privilegio.

Y deja flotando en el aire, como una daga envuelta en seda, la pregunta que resume toda su filosofía:

¿Y si la libertad no es hacer lo que queremos… sino saber por qué lo queremos y decidir si estamos dispuestos a pagar el precio de hacerlo?

Y por eso, Henrik nos dice:

“Yo soy libre, pues soy esclavo de mi tiempo y de la razón.”

La palabra es trinchera. La memoria, escudo.

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Ser cubano: identidad, memoria y compromiso:  https://tocororocubano.com/ser-cubano-identidad-memoria-y-compromiso/

El pensamiento filosófico de Henrik Hernandez: Entre la inevitabilidad del colapso y la preservación del conocimiento.:  https://tocororocubano.com/el-pensamiento-filosofico-de-henrik-hernandez-entre-la-inevitabilidad-del-colapso-y-la-preservacion-del-conocimiento/

La falacia de la comparación simplista: una reflexión filosófica de Henrik Hernandez: https://tocororocubano.com/la-falacia-de-la-comparacion-simplista-una-reflexion-filosofica-de-henrik-hernandez/

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La redacción e investigación de este artículo han contado con la asistencia de inteligencia artificial, utilizada desde julio de 2024.

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