La crisis de confianza entre el pueblo cubano y sus instituciones: ¿Cómo reconstruir el diálogo?
por Henrik Hernandezpublicado en
Introducción
En Cuba, la desconfianza hacia las autoridades y las instituciones no es un fenómeno nuevo, pero sí uno que se ha agudizado en los últimos años. Desde problemas cotidianos, como el mal servicio de empresas estatales como ETECSA, hasta la percepción de impunidad cuando se trata de demandar al Estado, los cubanos sienten que las leyes no los protegen, sino que funcionan como un instrumento al servicio del poder.
Jessica Ortega, una ciudadana cubana, denunció públicamente en Facebook a ETECSA (empresa estatal de telecomunicaciones) por lo que calificó como "estafa al pueblo", acusándola de incumplimientos de contrato (como cobros por servicios no prestados o fallos técnicos no resueltos). Cuando yo Henrik Hernández, le sugirió demandar judicialmente a la empresa, Jessica respondió con escepticismo:
"Si en verdad se cumplieran las leyes en Cuba, estoy segura [de que ganaría], pero como es una empresa del gobierno… no creo." Esto me hizo reflexionar.
La raíz del problema: instituciones cerradas, pueblo excluido
Como fundador y editor de El Tocororo Cubano y ciudadano comprometido con el desarrollo del país, he intentado en múltiples ocasiones —desde noviembre del 2024 hasta la fecha— establecer un diálogo con las autoridades competentes para solicitar que mí bitácora pueda utilizar la Marca país un proyecto legítimo y de interés nacional vinculado a nuestra identidad cultural. Sin embargo, todos los esfuerzos —incluyendo correos oficiales, solicitudes formales e incluso gestiones a través de vías diplomáticas cubanas en el exterior— han sido ignorados sistemáticamente. Esta experiencia no es un caso aislado: refleja una dinámica institucional donde las iniciativas ciudadanas, incluso aquellas alineadas con objetivos nacionales, tropiezan con un muro de silencio burocrático. Si ni siquiera quienes trabajamos desde la ley y la construcción recibimos respuestas, ¿qué mensaje se envía a los emprendedores, creadores o cualquier cubano que intente aportar desde la legalidad?"
El diálogo entre las instituciones y la ciudadanía no es un lujo, sino una necesidad para cualquier sistema que pretenda ser justo y legítimo. Sin embargo, en Cuba, este diálogo suele ser inexistente o, en el mejor de los casos, superficial. Las causas son múltiples:
Falta de transparencia: Muchas decisiones se toman sin consultar a la población, y cuando los ciudadanos exigen explicaciones, la respuesta suele ser el silencio o la burocracia infinita.
Autoritarismo institucionalizado: Algunos funcionarios interpretan las críticas como ataques personales o deslealtad, en lugar de verlas como oportunidades para mejorar.
Justicia selectiva: Como bien señaló Jessica Ortega en el ejemplo mencionado, los cubanos no creen que puedan ganar un juicio contra el Estado o alguna de sus empresas o instituciones, porque históricamente el sistema judicial ha favorecido a las instituciones sobre los ciudadanos.
El costo de la desconfianza
Cuando un pueblo deja de creer en sus autoridades, las consecuencias son graves:
Deslegitimación del sistema: Si las instituciones no responden, la gente busca soluciones fuera de ellas, debilitando el Estado de derecho.
Frustración social: La impotencia ante problemas como cortes de luz, mala atención médica o abusos de empresas estatales genera malestar y desesperanza.
Narrativas enemigas aprovechadas: Esta desconfianza es utilizada por actores externos para alimentar discursos desestabilizadores, pero la solución no es silenciar las críticas, sino abordarlas con seriedad.
¿Cómo reconstruir la confianza?
No hay soluciones mágicas, pero hay pasos concretos que podrían marcar la diferencia:
Diálogo real, no simulado: Las instituciones deben crear mecanismos efectivos para escuchar y responder a la población, no solo con reuniones formales, sino con acciones tangibles.
Profesionalización del servicio público: Los funcionarios deben ser capacitados en comunicación, atención al ciudadano y manejo de conflictos, entendiendo que su trabajo es servir, no mandar.
Independencia judicial: Sin una justicia que actúe con imparcialidad, incluso frente al Estado, nunca habrá verdadera confianza en el sistema.
Transparencia y rendición de cuentas: Las instituciones deben explicar sus decisiones, admitir errores cuando los haya y demostrar que las quejas son tomadas en serio.
Conclusión: sin confianza, no hay futuro
Cuba enfrenta desafíos enormes, y superarlos requiere unidad. Pero la unidad no se decreta, se construye con diálogo, respeto y voluntad de cambio. Si las instituciones siguen ignorando al pueblo, la brecha entre "ellos" y "nosotros" solo crecerá.
El llamado no es solo a las autoridades, sino también a la sociedad: exigir derechos con firmeza, pero también participar, proponer y construir. Sin embargo, la mayor responsabilidad recae en quienes tienen el poder de decidir. La pregunta es: ¿Están dispuestos a escuchar antes de que sea demasiado tarde?
Este artículo es una reflexión inspirada en el análisis de Henrik Hernández y en las voces de muchos cubanos que, desde el escepticismo pero también desde el amor a su país, claman por un cambio real.
Nota: Este artículo es resultado de una reflexión personal autor, por lo que no plantean fuentes.
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