De la resistencia al rediseño: propiedad, poder, plusdirección y control popular en el socialismo cubano
por Henrik Hernandezpublicado en
Introducción: del lenguaje de la reforma al problema del rediseño
Durante décadas, buena parte del debate sobre la economía cubana ha girado en torno a la necesidad de “reformas”. Sin embargo, esa formulación, aparentemente pragmática, contiene un límite conceptual decisivo. La reforma, en sentido estricto, actúa sobre el funcionamiento del sistema sin alterar necesariamente la arquitectura que lo organiza. Ajusta mecanismos, corrige distorsiones, flexibiliza regulaciones, pero no resuelve por sí misma la cuestión fundamental de quién dirige, bajo qué formas de control y en nombre de qué sujeto social.
En las condiciones actuales de Cuba, la cuestión ya no es si reformar, sino cómo rediseñar la arquitectura económica del socialismo cubano. La diferencia no es semántica. Es estratégica, institucional y política. Reformar es intervenir dentro de una estructura dada. Rediseñar es redefinir la lógica de esa estructura. Reformar puede mejorar el rendimiento parcial del sistema. Rediseñar implica decidir qué sistema se quiere preservar, profundizar o transformar.
La resistencia como matriz histórica de larga duración
La dificultad para pensar el rediseño no es solo técnica ni coyuntural. Tiene raíces históricas más profundas. Cuba se formó como un territorio sometido a tensiones externas permanentes. Durante la etapa colonial, la disputa entre potencias, la acción de piratas y corsarios, y la función geoestratégica del archipiélago configuraron una cultura donde la defensa frente a lo exterior ocupó un lugar central. Esa matriz histórica de resistencia no desapareció con la independencia, ni se agotó con la Revolución. Se transformó y reapareció bajo nuevas condiciones.
Esto significa que la resistencia no debe entenderse únicamente como respuesta política al bloqueo posterior a 1959, sino también como una estructura de larga duración que ha moldeado la percepción del riesgo, la prioridad de la defensa y la relación entre sociedad, Estado e iniciativa. Por ello, el tránsito del reformismo al rediseño no es simplemente un cambio de política económica. Es también un desplazamiento cultural: pasar de una racionalidad centrada en resistir a una racionalidad orientada a construir conscientemente nuevas formas de organización social.
Reforma y rediseño: una distinción estratégica
La diferencia entre reforma y rediseño puede resumirse comparativamente:
| Dimensión | Reformas económicas | Rediseño estructural |
| Naturaleza del cambio | Ajustes parciales del sistema existente | Transformación de la arquitectura del sistema |
| Objetivo principal | Mejorar funcionamiento y eficiencia | Redefinir la relación entre propiedad, poder y sujeto social |
| Nivel de intervención | Instrumental | Estructural |
| Relación propiedad-control | Mantiene su separación práctica | Busca integrarlas efectivamente |
| Papel del trabajador | Receptor o ejecutor de decisiones | Sujeto activo con capacidad real de decisión |
| Rol del Estado | Administrador directo predominante | Regulador, garante y coordinador estratégico |
| Participación | Consultiva o limitada | Vinculante y estructural |
| Efecto político-social | Puede estabilizar contradicciones sin resolverlas | Busca resolverlas desde la base del sistema |
| Dirección histórica | Riesgo de integración subordinada | Posibilidad de profundización socialista |
Esta distinción es analítica. En la práctica, todo proceso histórico puede combinar momentos de reforma y momentos de rediseño. Sin embargo, el sentido general del proceso depende de cuál de esas dos lógicas predomine. El problema cubano actual no es la mera introducción de medidas nuevas, sino la ausencia de una arquitectura conscientemente rediseñada que subordine toda modificación parcial a un horizonte de profundización socialista.
Las reformas actúan dentro del sistema; el rediseño define el sistema
La fórmula central puede expresarse con claridad: las reformas actúan dentro del sistema; el rediseño define el sistema. Esta frase concentra una diferencia decisiva. Reformar puede ser necesario en determinados momentos, pero si las reformas no están subordinadas a un diseño estratégico superior, terminan respondiendo más a las presiones del entorno que a una dirección consciente del proceso histórico.
Rediseñar, en cambio, significa mirar hacia dentro. No consiste en adaptarse pasivamente al bloqueo impuesto por Estados Unidos, ni en acomodarse a las exigencias del mercado mundial, ni en copiar trayectorias ajenas. Consiste en identificar las contradicciones estructurales propias del modelo cubano y decidir, desde su interior, qué formas de propiedad, qué mecanismos de control y qué sujeto social deben organizar la vida económica. En ese sentido, el rediseño no es una reacción. Es una decisión histórica de soberanía estructural.
El bloqueo como entorno estructural, no como explicación total
El bloqueo constituye una realidad objetiva y determinante. Condiciona el acceso a financiamiento, comercio, inversión, tecnología y márgenes de maniobra internacionales. Negarlo sería un error analítico y político. Pero convertirlo en explicación total también lo sería. Cuando toda dificultad se atribuye exclusivamente a la presión externa, el pensamiento estratégico interno se paraliza. El bloqueo pasa de ser un entorno hostil a convertirse, involuntariamente, en un principio de cierre intelectual.
El desafío consiste en mantener dos verdades al mismo tiempo: el bloqueo es real y profundamente lesivo; pero no sustituye la necesidad de analizar la arquitectura interna del sistema cubano. De hecho, mientras más intensa es la presión externa, más importante se vuelve la claridad sobre las bases internas del proyecto socialista. Resistir no basta. Hay que saber desde qué estructura se resiste y hacia qué forma de organización se quiere avanzar.
El espejismo asiático y el riesgo de la imitación
En ausencia de un pensamiento propio fuerte, suelen aparecer referencias externas presentadas como solución. En el caso cubano, las experiencias de China y Vietnam ocupan ese lugar con frecuencia. Sin embargo, el problema no es aprender de ellas, sino convertirlas en modelos de aplicación mecánica. Las diferencias de escala, historia, inserción internacional, estructura demográfica, capacidad exportadora y margen geopolítico hacen inviable cualquier traslado lineal.
Más importante aún, esos modelos no resuelven por sí mismos la cuestión que aquí resulta central: la relación entre propiedad social y control popular efectivo. Pueden ofrecer lecciones sobre secuenciación de reformas, disciplina institucional o integración económica, pero no sustituyen la elaboración de una vía cubana. El riesgo no es solo económico. Es epistemológico. Allí donde el pensamiento propio se debilita, la referencia externa deja de ser fuente de aprendizaje y se convierte en dependencia conceptual.
La contradicción central: propiedad social formal y control real separado
Uno de los nudos fundamentales del problema cubano reside en la brecha entre la propiedad social formal y el control real de los procesos económicos. La Revolución transformó radicalmente la estructura de propiedad y rompió con el dominio de la burguesía clásica. Sin embargo, esa ruptura no garantizó por sí sola que la capacidad efectiva de dirigir la economía quedara socializada.
Aquí es donde conviene formular la tesis con precisión: el rompimiento del Estado burgués en 1959 fue una condición histórica necesaria, pero no bastó para socializar plenamente la capacidad de dirigir. La estatización de la propiedad no vino acompañada, en grado suficiente, de una institucionalidad económica y política que permitiera a los trabajadores y a la población ejercer un control efectivo sobre la gestión, la planificación y la evaluación de los procesos productivos. Como consecuencia, se consolidó una distancia entre titularidad social y dirección efectiva.
Esa distancia no es una simple imperfección administrativa. Tiene consecuencias históricas de largo alcance. Allí donde la capacidad de dirigir no se socializa, tampoco puede desarrollarse de manera integral una educación de la población para la dirección de la sociedad y del Estado. Sin práctica real de decisión, no se forma plenamente el sujeto capaz de dirigir. Y sin sujeto dirigente socialmente formado, la propiedad social queda debilitada en su contenido efectivo.
Plusdirección: una categoría para nombrar la separación entre sociedad y dirección
Para comprender esta contradicción, resulta útil el concepto de plusdirección. Por plusdirección debe entenderse la concentración efectiva de la capacidad de decisión en estructuras separadas del cuerpo social, incluso cuando la legitimidad formal del sistema se expresa en nombre del pueblo o de la propiedad social. La plusdirección no equivale simplemente a la existencia de cuadros o funciones directivas, que toda sociedad compleja necesita. Surge cuando la función de dirección deja de estar sometida a mecanismos efectivos de control popular y adquiere un grado de autonomía que reproduce la separación entre dirección y sociedad.
La utilidad de esta categoría es doble. Por un lado, permite explicar por qué la abolición de la burguesía clásica no resolvió automáticamente el problema de la dirección social. Por otro, ayuda a entender que el socialismo no se agota en la forma jurídica de la propiedad. Si la dirección permanece separada, la sociedad no controla realmente lo que formalmente le pertenece. En ese vacío entre propiedad social y control efectivo puede consolidarse una lógica de reproducción de poder que no es socialista en sentido pleno, aunque tampoco adopte inmediatamente la forma de propiedad burguesa tradicional.
La burguesía funcional: precisión conceptual de una tendencia interna
Para que el análisis no permanezca en el nivel abstracto, puede hablarse de una burguesía funcional. Esta categoría requiere precisión. No designa a todo funcionario, cuadro, técnico o directivo por el mero hecho de ocupar una función de gestión. Tampoco describe automáticamente a toda administración estatal. La burguesía funcional emerge cuando una capa de dirección convierte su posición de gestión en fuente relativamente estable de poder, de reproducción de intereses propios y de resistencia al control popular efectivo.
Su carácter “burgués” no deriva aquí de la propiedad jurídica de los medios de producción, sino de su ubicación funcional dentro de la separación entre propiedad formalmente social y control real. Allí donde un estrato de gestión tiende a preservar su capacidad de decisión separada, a beneficiarse de la opacidad, a bloquear la participación vinculante y a favorecer procesos de apertura que consoliden su poder sin socializarlo, aparece una tendencia estructural que puede describirse como burguesía funcional.
Esta categoría politiza el diagnóstico. La separación entre propiedad y control deja de verse solo como un problema técnico o de eficiencia, y pasa a entenderse también como un campo de intereses. La disputa entre reforma y rediseño no es entonces puramente institucional. Es también una disputa por la dirección del proceso social.
El control popular como mecanismo real y no como consigna
Si el problema central está en la no socialización plena de la capacidad de dirigir, entonces la respuesta no puede ser meramente declarativa. El control popular debe adquirir forma institucional concreta. No basta con invocar la participación. Es necesario definir mecanismos por los cuales los trabajadores y colectivos sociales incidan efectivamente en la dirección económica.
En una empresa estatal, por ejemplo, un consejo de trabajadores con atribuciones reales podría intervenir en la definición de planes productivos, en la evaluación de la gestión administrativa, en la discusión sobre el uso de excedentes, en la supervisión de resultados y en determinados mecanismos de elección o revocación de directivos. El punto decisivo no es reproducir esquemas abstractos, sino asegurar que la información económica sea accesible, que la participación sea vinculante y que la dirección no quede blindada frente al control desde abajo.
Solo así la propiedad social deja de ser una forma jurídica abstracta y se convierte en una práctica institucional viva. En este punto, el control popular no es un complemento del socialismo. Es una de sus condiciones de existencia efectiva.
La cuestión educativa: sin práctica de dirección no hay formación para dirigir
Aquí aparece una consecuencia frecuentemente ignorada. La ausencia de control popular real no afecta solo la estructura económica. Afecta la formación integral de la población. Una sociedad que no participa en la dirección de sus procesos productivos, institucionales y sociales no desarrolla plenamente las capacidades culturales, organizativas y políticas necesarias para dirigir.
En otras palabras, la no socialización de la capacidad de dirigir tiene también un efecto pedagógico negativo. La población puede ser movilizada, consultada o convocada, pero no necesariamente formada como sujeto efectivo de dirección. La educación para la conducción de la sociedad no se produce principalmente por discurso, sino por práctica institucional. Donde la práctica de dirección no se comparte, la cultura política tiende a reproducir dependencia respecto de instancias separadas. Y donde eso ocurre, la plusdirección se perpetúa.
Reformas sin rediseño: entre la adaptación y la desarticulación
Desde esta perspectiva, la lógica reformista aparece bajo una luz distinta. La reforma no es simplemente una modificación parcial del sistema. En las condiciones actuales, la lógica reformista tiende a operar como vía de desmantelamiento progresivo del contenido socialista del sistema cuando no está subordinada a un rediseño estructural. ¿Por qué? Porque al actuar dentro de la separación existente entre propiedad social formal y control real, fortalece aquellos procesos que amplían la fragmentación, consolidan la opacidad y desplazan el centro de gravedad del sistema hacia dinámicas no controladas por el sujeto colectivo.
Esto no significa que toda medida parcial equivalga automáticamente a restauración capitalista. Significa algo más preciso: cuando las reformas se convierten en horizonte en sí mismas, sin reordenarse desde una arquitectura de control popular y soberanía estructural, su tendencia dominante favorece la adaptación al sistema internacional y la erosión gradual del contenido socialista. En ese sentido, la transformación puede producirse de forma no intencionada. No como profundización revolucionaria, sino como desarticulación regresiva.
Rediseñar como profundización socialista
Frente a ello, el rediseño debe entenderse no como simple modernización institucional, sino como profundización del proyecto socialista. Rediseñar es reordenar conscientemente la arquitectura del sistema para integrar propiedad social, control popular, transparencia decisional, formación de sujetos dirigentes y capacidad soberana de definición interna. No se trata de destruir el Estado, sino de impedir que la dirección del sistema permanezca separada de la sociedad. No se trata de desorganizar la economía, sino de reorganizarla sobre una base donde dirigir deje de ser privilegio funcional de una capa y comience a convertirse en práctica social.
Por eso, el rediseño no es una tercera vía entre reforma e inmovilidad. Es una operación de profundización revolucionaria. Allí donde la reforma tiende a estabilizar o ampliar la brecha entre propiedad formal y control real, el rediseño busca cerrarla. Allí donde la reforma puede reforzar la adaptación a intereses ajenos al sujeto colectivo, el rediseño apunta a desmontar esas mediaciones y transferir capacidad efectiva de decisión al cuerpo social.
Conclusión: la cuestión no es reformar, sino socializar la capacidad de dirigir
Cuba no enfrenta solo un problema económico. Enfrenta un problema de arquitectura de poder, de formación social y de dirección histórica. La ruptura con el Estado burgués fue condición indispensable, pero no bastó para socializar plenamente la capacidad de dirigir. Allí radica uno de los límites más profundos del proceso. Mientras la dirección permanezca separada, la propiedad social será incompleta. Mientras la práctica de decisión no se comparta, no podrá formarse integralmente una sociedad capaz de dirigir su propio destino.
Por eso, la cuestión ya no es reformar. La cuestión es rediseñar el socialismo cubano sobre bases que permitan integrar propiedad social, control popular y formación real del sujeto dirigente. Dicho de otro modo: el problema no es solo cómo producir, sino cómo socializar la capacidad de dirigir. Ahí se juega, en última instancia, la posibilidad de profundizar la Revolución y evitar que la transformación ocurra en una dirección no elegida conscientemente.
Glosario de términos clave:
Reformas económicas:
Ajustes parciales introducidos dentro del sistema existente. Pueden modificar su funcionamiento sin alterar necesariamente su arquitectura de poder.
Rediseño estructural:
Reconfiguración consciente de la arquitectura del sistema económico y político para redefinir la relación entre propiedad, control, dirección y sujeto social.
Propiedad social:
Forma de propiedad en la que los medios de producción pertenecen formalmente al conjunto de la sociedad. Su contenido efectivo depende de la existencia de mecanismos reales de control popular.
Control popular:
Participación efectiva, informada y vinculante de trabajadores y colectivos sociales en la dirección, supervisión y evaluación de los procesos económicos e institucionales.
Plusdirección:
Concentración efectiva de la capacidad de decisión en estructuras separadas del cuerpo social, aun dentro de un sistema que se legitima formalmente en nombre del pueblo o de la propiedad social.
Burguesía funcional:
Capa de dirección que, sin ser necesariamente propietaria jurídica de los medios de producción, tiende a reproducir intereses propios a partir de su posición estable de control, gestión y resistencia al control popular efectivo.
Umbral estratégico:
Fase histórica en la que convergen agotamiento relativo de un modelo previo, tensiones internas acumuladas y reconfiguración del entorno internacional, obligando a definiciones de rumbo.
Fuentes consultadas:
Feinberg, R. E. (2018). Open for Business: Building the New Cuban Economy. Brookings Institution Press.
Hernandez, H. (2025, diciembre 13). Bloqueo, entropía y cadenas de Markov. Tocororo Cubano. https://tocororocubano.com/bloqueo-entropia-y-cadenas-de-markov/
Mesa-Lago, C. (2020). Cuba’s Economic Reform: Issues and Prospects. Oxford University Press.
United Nations General Assembly. (2022). Necessity of ending the economic, commercial and financial embargo imposed by the United States of America against Cuba (A/RES/77/7). United Nations. https://digitallibrary.un.org/record/3993964
Gracias por leerme.
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Por Henrik Hernandez - Tocororo Cubano
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